EL OJO CRITICO.
SCREAM 7 (2026)
REPARTO: NEVE CAMPBELL, ISABEL MAY, COURTENEY COX, SAM RECHNER, ANNA CAMP, CELESTE O’CONNOR, ASA GERMANN, JIMMY TRATO, JASMIN SAVOY BROWN, MASON GOODING, JOEL McHALE, McKENNA GRACE, MICHELLE RANDOLPH
DIRECTOR: KEVIN WILLIAMSON
MÚSICA: MARCO BELTRAMI
PRODUCTORA: PARAMOUNT PICTURES
DURACIÓN: 114 min.
PAÍS: ESTADOS UNIDOS
La franquicia ha llegado a un punto en el que ya no se discute su continuidad. Hubo un tiempo en que cada nueva entrega de Scream venía acompañada de una pregunta incómoda: ¿hace falta otra más? Hoy esa duda ha desaparecido; el público simplemente asume su llegada, con la esperanza de que, al menos, sea digna.
Sin embargo, esta séptima entrega confirma un desgaste que ya asomaba en la anterior. Si Scream VI optaba por intensificar la violencia para compensar la falta de ideas, aquí ese recurso se convierte prácticamente en el único motor. La película se recrea en la sangre, en la brutalidad de sus asesinatos, como si ahí residiera toda su identidad. Y, en cierto modo, es lo único que realmente funciona.
El intento de reconectar con el espíritu original resulta, paradójicamente, uno de sus mayores problemas. El regreso de Sidney Prescott, ahora con una hija que se convierte en el nuevo objetivo de Ghostface, pretende construir un puente entre generaciones, pero el resultado es irregular. La relación madre-hija se plantea como eje emocional, aunque nunca termina de desarrollarse con la profundidad necesaria. A su alrededor, un grupo de adolescentes reproduce los esquemas más básicos del género, sin matices ni personalidad.
Tampoco ayuda un guion que parece fruto de demasiadas manos y demasiadas versiones. La vuelta de Kevin Williamson, figura clave en los inicios de la saga, lejos de aportar coherencia, evidencia una falta de rumbo. La historia introduce elementos como la inteligencia artificial de manera torpe, más como parche narrativo que como herramienta orgánica. Las decisiones se sienten forzadas, improvisadas, como si la película estuviera constantemente reescribiéndose sobre la marcha.
Incluso los guiños al pasado, incluido el regreso de personajes icónicos, caen en un fan service vacío. Hay encuentros largamente esperados que no generan emoción, sino desconcierto, al carecer de peso dramático o sentido dentro de la trama.
Lo más grave, quizá, es la pérdida total de la esencia que definía a Scream: ese juego metacinematográfico, esa ironía inteligente que dialogaba con el propio género. Aquí no queda rastro de ello. La película se limita a ser un slasher más, previsible y carente de ingenio.
Al final, lo único rescatable es la presencia de Sidney y algunas muertes bien ejecutadas. Todo lo demás —personajes, historia, tono— se diluye en una entrega que no solo es la más floja de la saga, sino también la que evidencia con mayor claridad que el mito, tal vez, ya no tiene nada más que decir.


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