EL OJO CRITICO.
OSCAR SHAW (2026)
REPARTO: MICHAEL JAI WHITE, TYRESE GIBSON, ISAIAH WASHINGTON, ANDREW C. ENGLISH JR., CECILE CUBILÓ, JEANETTE JOSUE, RICH PAUL, KATIE KINMAN, VINCE JOLIVETTE, JABARI STRIBLIN, DAVID GARRETT, SONNY BURNETTE
DIRECTOR: R. ELLIS FRAZIER, JUSTIN NESBITT
MÚSICA: AARON MONTREAL, STEVEN WAYNE THOMAS
PRODUCTORA: TORIC FILMS
DURACIÓN: 93 min.
PAÍS: ESTADOS UNIDOS
Oscar Shaw avanza con la gravedad de un viejo policía cansado que ya ha visto demasiado, y precisamente ahí encuentra su identidad. No es una película de acción construida sobre fuegos artificiales ni sobre la hipertrofia del género moderno; es algo más seco, más áspero. Un thriller de venganza que parece surgir de otra época, como si llevara el eco del policiaco urbano de los setenta filtrado por el músculo del actioner contemporáneo.
Michael Jai White, tantas veces infrautilizado por Hollywood, encuentra aquí un papel que parece hecho a la medida de su presencia. No interpreta a un héroe invencible, sino a un hombre erosionado. Un exdetective atravesado por la culpa, que camina por las calles como si siguiera patrullando un cementerio moral. Su Oscar Shaw no entra en escena como un vengador legendario: llega como una sombra.
Y eso le da a la película un peso inesperado.
Desde sus primeras secuencias hay una tristeza latente. La ciudad —filmada con una textura casi sucia, nocturna, marcada por callejones húmedos y neones enfermos— no es simple fondo criminal, sino una extensión del propio personaje. Un lugar podrido donde la justicia hace tiempo dejó de ser una certeza.
Lo interesante es que la película no corre. Avanza con paso duro, como quien aprieta los dientes antes de lanzar el golpe. Y cuando golpea, duele.
Michael Jai White domina la función desde la contención. Su físico imponente está ahí, claro, pero lo que sorprende es el cansancio que imprime al personaje. Hay algo crepuscular en su interpretación, como si el cuerpo todavía pudiera pelear mientras el alma lleva años derrotada. Cuando llega la violencia, no es exhibición coreográfica: es necesidad.
Las escenas de combate tienen esa fisicidad que White sabe convertir en espectáculo sin perder brutalidad. No son ballets imposibles; son choques secos, cortantes, sin glamour. Cada puñetazo parece arrastrar años de rabia.
Pero Oscar Shaw funciona mejor cuando se mueve en esa frontera entre noir urbano y western vengativo. Porque, en el fondo, es un western. Un hombre solo volviendo al territorio maldito para ajustar cuentas.
La película encuentra además una energía particular en su tratamiento de la corrupción. No se limita al enfrentamiento con criminales; hay un veneno más profundo, una sensación de podredumbre institucional que vuelve la cruzada del protagonista casi suicida. Esa dimensión le añade gravedad a lo que podría haber sido solo otra historia de justiciero.
Hay imperfecciones, sí. A veces el guion abraza cierta solemnidad que roza lo enfático, y algunos giros tienen un aire deliberadamente clásico, incluso familiar. Pero en lugar de jugar en su contra, esa vieja escuela termina dándole personalidad.
Visualmente no presume, pero tiene momentos de gran fuerza: una emboscada bajo luces intermitentes, un duelo en una iglesia abandonada, una secuencia final que parece escrita con pólvora.
Y luego está ese cierre amargo, casi elegíaco, que deja flotando la idea de que la venganza nunca restaura nada.
Oscar Shaw no busca reinventar el thriller criminal. Lo honra. Lo endurece. Lo vuelve melancólico. Y en manos de Michael Jai White se convierte en algo más que un vehículo de acción: en el retrato cansado y feroz de un hombre peleando contra los fantasmas que él mismo ayudó a crear. Un noir musculoso con alma herida. Y eso no se ve todos los días.


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