EL OJO CRITICO. MARTY SUPREME (2025)

 EL OJO CRITICO.



MARTY SUPREME (2025)

REPARTO: THIMOTHÉE CHALAMET, GWYNETH PALTROW, ODESSA A’ZION, ABEL FERRARA, TYLER THE CREATOR, GEZA ROHRIG, PENN JILLETTE, KEVIN O’LEARY, MUSTO PELINKOVICCI, FRAN DRESCHER, SANDRA BERNHARD, TYLER DIAMOND

DIRECTOR: JOSHUA SAFDIE 

MÚSICA: DANIEL LOPATIN 

PRODUCTORA: A24 

DURACIÓN: 149 min.

Hay películas que invitan a ser observadas con distancia, y otras que obligan a permanecer dentro de ellas hasta el agotamiento. Marty Supreme (2025) pertenece sin duda a las segundas. No hay escapatoria posible en el universo que construye Joshua Safdie, un espacio donde el fracaso no es un obstáculo a superar, sino una condición permanente, casi un modo de existir.

Aquí no hay épica ni consuelo. El relato desmonta cualquier tentación de romanticismo deportivo para sumergirse en una dinámica de desgaste continuo. Cada pequeño avance se diluye con rapidez, como si el propio movimiento hacia adelante contuviera ya la semilla de la caída. La película no habla de superación, sino de persistencia enfermiza, de ese impulso que empuja a seguir incluso cuando todo indica que lo sensato sería detenerse.

En el centro de este torbellino se encuentra Marty, encarnado por un magnético Timothée Chalamet. Su personaje no busca redimirse ni evolucionar; es, en esencia, una fuerza que avanza sin cuestionarse, alimentada por un ego desbordado que lo vuelve tan fascinante como insoportable. No hay aprendizaje moral en su recorrido, solo una obstinación que roza lo autodestructivo. Y es precisamente esa falta de concesiones lo que define la propuesta: el éxito, cuando llega, no limpia nada, no repara, apenas confirma.

A su alrededor, los personajes orbitan en una misma lógica de carencia. Nadie aquí es ejemplar, ni siquiera comprensible en términos convencionales. Las relaciones se construyen desde la necesidad, desde la mentira o la dependencia, sin que la película busque suavizar sus aristas. Todo responde a una coherencia interna brutal, donde las decisiones, por cuestionables que sean, nunca traicionan la naturaleza de quienes las toman.

Formalmente, la experiencia es tan intensa como el propio viaje emocional. Safdie apuesta por una puesta en escena asfixiante, dominada por primeros planos que capturan cada grieta del protagonista. La sensación de urgencia es constante, como si la historia estuviera siempre a punto de desmoronarse. Nada parece estable, todo es provisional, improvisado, en un equilibrio precario que mantiene al espectador en tensión permanente.

Las secuencias de tenis de mesa, rodadas con una precisión casi obsesiva, terminan por convertirse en el reflejo perfecto de esta lógica: cada punto importa, cada intercambio contiene una carga dramática inesperada. Lo que podría parecer trivial se transforma en algo vital, gracias a un pulso narrativo y técnico que convierte el detalle en acontecimiento.

Y es ahí donde la película encuentra su mayor logro: en hacer del caos una forma de expresión. Marty Supreme (2025) no busca agradar ni ofrecer respuestas, sino provocar una reacción física, casi visceral. Es una obra que agota, que incomoda, pero que también atrapa con una fuerza difícil de explicar.


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