EL OJO CRITICO.
EL TESTAMENTO DE ANN LEE (2025)
REPARTO: AMANDA SEYFRIED, THOMASIN McKENZIE, LEWIS PULLMAN, STACY MARTIN, TIM BLAKE NELSON, CHRISTOPHER ABBOTT, MATTHEW BEARD, SCOTT HANDY, JAMIE BOGYO, VIOLA PRETTEJOHN, DAVID CALE, SHANNON WOODWARD
DIRECTORA: MONA FASTVOLD
MÚSICA: DANIEL BLUMBERG
PRODUCTORA: SEARCHLIGHT PICTURES
DURACIÓN: 136 min.
PAÍS: REINO UNIDO
Hay películas que no avanzan, que flotan. Esta parece pertenecer a esa categoría: más cercana a una experiencia sensorial que a un relato con principio, nudo y desenlace. Su interés no está en recorrer la vida de Lee de forma exhaustiva, sino en detenerse en un momento muy concreto, casi fundacional, donde una comunidad empieza a tomar forma bajo el impulso de una fe que roza lo místico.
Sin embargo, ese punto de partida, tan fértil en posibilidades dramáticas, acaba diluyéndose en una propuesta que privilegia lo atmosférico por encima del conflicto. La narración no se construye desde la tensión o la evolución de sus personajes, sino a partir de una sucesión de estampas cargadas de simbolismo. Es una acumulación de sensaciones más que un desarrollo dramático en sentido clásico, lo que puede generar una cierta distancia con el espectador.
Mona Fastvold filma con una mirada paciente, casi reverencial. Su cámara se posa sobre los cuerpos, los gestos y los paisajes rurales con una cadencia pausada, como si quisiera que cada imagen respirara por sí misma. En las ceremonias colectivas, donde el canto y la danza se convierten en formas de oración, la película encuentra su mayor fuerza. Hay algo hipnótico en esas secuencias, una energía que logra transmitir la intensidad emocional y espiritual del grupo, esa mezcla de comunión, fervor y abandono.
La música, de hecho, se erige como uno de los pilares más sólidos del conjunto. Los rituales, reconstruidos con un minimalismo casi ascético, aportan una identidad muy definida al filme, reforzando su carácter envolvente. Es ahí donde la obra alcanza una singularidad que la distingue, donde realmente parece encontrar su voz.
En el centro de todo, Amanda Seyfried compone una figura magnética, casi intangible. Su presencia tiene algo de enigma, de convicción absoluta, como si habitara en un plano distinto al del resto. Sin embargo, el guion no le concede el espacio necesario para explorar sus contradicciones o su dimensión más humana. Su personaje queda atrapado en lo simbólico, elevado a una especie de icono espiritual que apenas deja entrever sus grietas.
El resultado es una película que fascina por momentos, especialmente cuando se abandona a su vertiente más sensorial, pero que también puede resultar esquiva. Su apuesta por lo contemplativo, llevada al extremo, termina por sacrificar una estructura narrativa clara. Más que contar una historia, parece querer invitar a una especie de trance. Y en ese intento, tan sugestivo como irregular, encuentra tanto su mayor virtud como su principal limitación.


El musical esta muerto al igual que el western como genero, y es que mezclar en este caso musical con drama es un cocktail que no pega y mas cuando tiene unas canciones que no emocionan y unas coreografías de baile que parecen un grupo de poseídos por el diablo moviéndose. También tiene demasiada religión de por medio lo que hace que la trama se haga cargante, siendo lo único destacable la interpretación de Amanda Seyfried.
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