EL OJO CRITICO.
EL DESCENDIENTE (2025)
REPARTO: ROSS MARQUAND, SARAH BOLGER, EMILY PENDERGAST, CHARLENE AMOIA, BRANDON SCOTT, ALEXANDRA BARRETO, DAN O’BRIEN, CLARE COONEY, KYRA ELISE GARDNER, RAMIZ MONSEF, SUSAN WILDER, ALEX RUIZ
DIRECTOR: PETER CILELLA
MÚSICA: TYLER STRICKLAND
PRODUCTORA: RLJ ENTERTAINMENT
DURACIÓN: 97 min.
PAÍS: ESTADOS UNIDOS
Hay películas que parten de una premisa sugerente y, sin embargo, se quedan suspendidas en un limbo creativo del que nunca terminan de salir. Dentro del terreno de las historias sobre visitantes de otros mundos —un subgénero que, cuando acierta, puede resultar profundamente perturbador— resulta especialmente frustrante encontrarse con propuestas que apuntan alto, pero apenas logran provocar algo más que una inquietud pasajera. Más aún cuando adoptan ese tono aparentemente “serio”, cercano al estudio psicológico, como hacía con acierto Dark Skies.
En su primera incursión como director, Peter Cilella plantea un punto de partida cargado de potencial: un hombre que, tras un encuentro inexplicable con una luz cegadora durante su turno nocturno, despierta en un hospital sin recordar qué ocurrió entre ambos momentos. Esa ausencia de memoria, fragmentada en visiones inquietantes, remite de inmediato al imaginario clásico de las abducciones, donde la hipnosis regresiva y la figura del terapeuta se convierten en herramientas para reconstruir lo que la mente ha decidido ocultar.
Sin embargo, la película opta por centrarse casi exclusivamente en el deterioro emocional del protagonista. Sus visiones, sus dibujos compulsivos, su progresiva desconexión de la realidad y el impacto que todo ello tiene en su entorno —especialmente en su esposa embarazada— configuran un relato más cercano al drama psicológico que al thriller inquietante que uno podría esperar. Y ahí es donde surge el principal problema: el ritmo. La narración avanza con una parsimonia que diluye la tensión, impidiendo que la historia alcance el pulso necesario para sostener el misterio.
Aun así, hay elementos que funcionan. La interpretación de Ross Marquand aporta una intensidad emocional que sostiene muchas de las escenas, y la película logra construir una atmósfera extraña, casi hipnótica, donde realidad y alucinación se entrelazan con habilidad. Durante buena parte del metraje, el espectador se mueve en ese terreno incierto, preguntándose si lo que ocurre responde a un fenómeno externo o a un trauma interno que pugna por salir a la superficie.
El problema llega cuando la historia parece obligada a ofrecer respuestas… y decide no hacerlo. O, más bien, lo hace de una forma tan ambigua que termina por vaciar de significado todo lo anterior. La ambigüedad, cuando está bien medida, puede ser poderosa; aquí, en cambio, se percibe como una falta de resolución.
Al final, queda la sensación de haber recorrido un camino que prometía mucho más de lo que ofrece. Una idea con posibilidades, sí, pero que nunca encuentra la forma de desarrollarse plenamente. Como si la película pudiera haber terminado en cualquier punto sin alterar realmente la experiencia. Y eso, en un relato que se apoya en el misterio, es quizá su mayor debilidad.


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