EL MOTIVO POR EL QUE JANET JACKSON NO APARECE EN EL BIOPIC DE SU HERMANO "MICHAEL".
El camino de Michael hasta las pantallas ha sido casi tan turbulento como la vida del artista que pretende retratar. Y quizá ahí reside una de las grandes paradojas de esta superproducción: antes incluso de enfrentarse al juicio del público, ya arrastraba la sensación de haber sido una película peleada consigo misma. Un biopic concebido para ser monumental que acabó reescribiéndose sobre la marcha, desmontando parte de su estructura y volviendo a rodarse cuando todavía parecía terminado.
Pocas veces una película llega tan marcada por sus cicatrices. Lo que iba a ser una obra expansiva de más de tres horas terminó reducida, recortada, corregida y encarecida por un proceso convulso que añadió millones al presupuesto y retrasó su llegada un año. Pero lo más revelador no son los números, sino lo que esos cambios insinúan: una batalla soterrada por decidir qué historia podía contarse y cuál debía quedar fuera.
Y ahí aparece el verdadero corazón del debate. Michael no se percibe tanto como la visión libre de un director como Antoine Fuqua o de un guionista como John Logan, sino como una película supervisada desde dentro del propio legado Jackson. La familia, involucrada de forma decisiva en la producción, parece haber moldeado el relato con una mano visible. No es casual que la narración esquive zonas incómodas o que ciertos episodios queden envueltos en una calculada niebla.
Uno de los silencios más comentados es el de Janet Jackson. Su ausencia no es una omisión menor: es una sombra enorme en una historia que, precisamente, habla de una dinastía. Resulta casi irreal recorrer el universo Jackson sin que Janet tenga presencia dramática, como si una pieza fundamental del rompecabezas hubiese sido retirada antes de completar la imagen. Las explicaciones familiares apuntan al respeto por su voluntad, pero la ausencia se siente igualmente elocuente.
Más aún cuando ni siquiera dentro del clan hay unanimidad. Mientras Jaafar Jackson —sobrino de Michael— asume el peso simbólico de encarnarlo en pantalla, otras voces han mostrado una distancia incómoda. Las palabras de Paris Jackson, cuestionando la veracidad del proyecto y acusándolo de deformar hechos, han proyectado una grieta que el filme difícilmente puede ignorar. Porque cuando una película sobre una leyenda despierta recelos en su propia familia, el relato deja de ser solo cinematográfico y entra en un territorio más complejo.
En pantalla, la ambición es evidente. El filme despliega personajes, recreaciones de videoclips icónicos, cameos históricos y una galería de figuras orbitando alrededor del mito. Desfilan familiares, músicos, bailarines y ecos de toda una era pop convertida en decorado. Está el espectáculo, está la mitología, está la reverencia. Pero también planea la sensación de que lo que vemos es una versión cuidadosamente seleccionada del hombre detrás del icono.
Y quizá por eso las críticas han sido tan severas. No solo por sus problemas narrativos o por su accidentada construcción, sino porque muchos ven en Michael menos un retrato y más un monumento controlado.
Resulta irónico: una película sobre el artista que redefinió el riesgo escénico parece haber tenido miedo. Miedo a incomodar, a contradecir, a mirar de frente las zonas oscuras. Y en un biopic, ese miedo suele pagarse caro.
Porque Michael Jackson fue exceso, contradicción, genio y abismo. Reducirlo a una versión domesticada quizá no era solo un error creativo. Era, probablemente, una misión imposible desde el principio.

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