EL DÍA EN QUE JOHN WAYNE SE CONVIRTIO EN "LA VOZ" EN UN SHOW TELEVISIVO.
Hubo un tiempo en que la televisión estadounidense entendía el espectáculo como un acto de complicidad más que de perfección. En ese territorio, entre el humo de un cigarrillo y el tintinear de un vaso, Dean Martin convirtió su presencia en un estilo en sí mismo. Su programa, The Dean Martin Show, no era tanto un formato como una extensión de su personalidad: relajada, imprevisible, deliberadamente imperfecta.
A mediados de los sesenta, Martin ya no necesitaba demostrar nada. Había dejado atrás su etapa junto a Jerry Lewis, se había consolidado como rostro imprescindible del Rat Pack junto a Frank Sinatra, y su popularidad atravesaba cine, música y escenarios. La televisión simplemente le ofrecía otro espacio donde seguir siendo él mismo. Y eso bastaba.
El programa funcionaba como un punto de encuentro. Por allí desfilaban leyendas de todos los ámbitos: desde Ella Fitzgerald hasta James Stewart, pasando por Lucille Ball o Louis Armstrong. No era raro que una estrella acudiera a promocionar su último trabajo y acabara, casi sin darse cuenta, participando en un sketch improvisado, arrastrada por la atmósfera distendida que Martin manejaba con una naturalidad desarmante.
En ese ecosistema de espontaneidad controlada, pocas presencias resultaban tan sorprendentes como la de John Wayne. El mito del wéstern, acostumbrado a cabalgar entre silencios y gestos adustos, encontraba allí un espacio donde desmontar su propia imagen. Su amistad con Martin —forjada años atrás en Río Bravo de John Ford— facilitaba esa transición hacia un registro más ligero, casi autoparódico.
Uno de los momentos más recordados de aquella convivencia televisiva llegó en 1966. No por su perfección, sino precisamente por lo contrario. Martin, fiel a su estilo despreocupado, animaba a Wayne a lanzarse a cantar, como si no hubiera dificultad alguna en ello. Y Wayne, aceptando el juego, lo hacía… aunque no exactamente como cabría esperar.
La escena alcanzaba su verdadera dimensión cuando la voz que emergía no era la suya, sino la de Sinatra interpretando “Everybody Loves Somebody”, el gran éxito con el que Martin había conquistado las listas de éxitos. El gesto de sorpresa —cómplice, perfectamente medido— del anfitrión terminaba de sellar un gag que convertía el artificio en virtud. Allí no importaba la credibilidad, sino el juego compartido.
Ese instante condensaba algo más profundo que un simple sketch: revelaba la capacidad de aquellas figuras para reírse de sí mismas sin perder un ápice de su aura. Wayne, el icono inquebrantable, se dejaba llevar; Martin, el anfitrión eterno, hacía del caos una forma de elegancia.
Quizá por eso, décadas después, aquel tipo de televisión sigue pareciendo irrepetible. No por la magnitud de sus estrellas, sino por la libertad con la que habitaban la escena. Una libertad que, como el eco de una canción mal sincronizada, aún resuena con una naturalidad que hoy resulta casi imposible de fingir.

Imagino que su intervención en este show televisivo era como un favor hacía su supongo amigo Dean Martin, compañeros de reparto en dos grandiosos westerns, Rio Bravo y Los cuatro hijos de Katie Elder.
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