EL CINE DE LOS AÑOS 70. UNA VELA PARA EL DIABLO (1973)

 EL CINE DE LOS AÑOS 70.



UNA VELA PARA EL DIABLO (1973)

REPARTO: JUDY GEESON, AURORA BAUTISTA, ESPERANZA ROY, VICTOR ALCAZAR, LONE FLEMING, BLANCA ESTRADA, LORETA TOVAR, MONTSERRAT JULIÓ, FERNANDO VILLENA, FERNANDO HILBECK, MERY LEYVA, HERMINIA TEJELA

DIRECTOR: EUGENIO MARTIN 

MÚSICA: ANTONIO PEREZ OLEA 

PRODUCTORA: MERCOFILLMS 

DURACIÓN: 87 min.

PAÍS: ESPAÑA

En el panorama del fantástico español de los setenta, Una vela para el diablo (1973), dirigida por Eugenio Martín, se erige como una pieza tan incómoda como reveladora, una obra que trasciende sus códigos genéricos para adentrarse en un territorio mucho más turbio: el de la represión moral y la violencia latente bajo la apariencia de orden.

Ambientada en una España profundamente marcada por el control social y religioso, la película construye su horror no tanto desde lo sobrenatural como desde lo cotidiano. Dos hermanas regentan una pensión donde la moral se impone como ley absoluta, y cualquier desviación —especialmente femenina— es castigada con una brutalidad que resulta tan perturbadora como plausible. En este sentido, el filme funciona como una alegoría transparente de una sociedad asfixiada por el dogma.

Eugenio Martín opta por una puesta en escena sobria, casi contenida, que potencia el impacto de la violencia cuando esta irrumpe. No hay artificio excesivo ni complacencia estética: el horror se filtra en los gestos, en las miradas, en la rigidez de unas normas no escritas pero omnipresentes. Esa contención resulta clave para que la película no caiga en el exploitation puro, aunque dialogue con él en determinados momentos.

El gran sostén del filme reside en sus interpretaciones, especialmente en el duelo interpretativo entre Aurora Bautista y Esperanza Roy. Ambas construyen personajes complejos, atrapados en una lógica enfermiza donde la fe y la culpa se entremezclan hasta volverse indistinguibles. Bautista, en particular, dota a su personaje de una severidad casi espectral, mientras que Roy introduce matices que oscilan entre la fragilidad y la complicidad.

Narrativamente, la película avanza con una cadencia pausada, casi ritual, que puede resultar desconcertante para quien espere un desarrollo más convencional. Sin embargo, es precisamente ese ritmo el que permite que la tensión se acumule de forma progresiva, hasta desembocar en un desenlace tan inevitable como desolador.

Vista hoy, Una vela para el diablo no solo destaca como una rareza dentro del cine de terror español, sino como una obra valiente que se atreve a mirar de frente a una sociedad construida sobre el miedo, el juicio y la represión. Más que una película de terror, es un retrato inquietante de un tiempo y de sus sombras.





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