EL CINE DE LOS AÑOS 70.
TRAS LA HUELLA DEL DELITO (1973)
REPARTO: ROBERT DUVALL, VERNA BLOOM, HENRY DARROW, EDDIE EGAN, FELIPE LUCIANO, TINA CRISTIANI, MARIA DURRELL, CHICO MARTINEZ, JOSE DUVALL, SAM SCHACHT, LUIS CONSENTINO, LUIS AVALOS, NUBIA OLIVERO
DIRECTOR: HOWARD W. KOCH
MÚSICA: J.J. JACKSON
PRODUCTORA: PARAMOUNT PICTURES
DURACIÓN: 116 min.
PAÍS: ESTADOS UNIDOS
Hay películas que no necesitan reinventar nada para resultar reveladoras; basta con que sepan mirar el mundo que retratan con la crudeza adecuada. Eso es, en gran medida, lo que ocurre con Badge 373, un thriller que encuentra su fuerza menos en la originalidad que en su capacidad para condensar el espíritu de una época.
En el centro de todo está Robert Duvall, cuya presencia lo absorbe prácticamente todo. Su personaje remite de forma inevitable a ese arquetipo policial que el cine de los setenta convirtió en icono: heredero directo de figuras como Harry Callahan, arrastra el desgaste profesional, el aislamiento emocional y una relación cada vez más tensa con la autoridad. No es tanto un héroe como un síntoma.
Pero más allá de su figura, la película respira en su contexto. El Bronx que muestra no es solo un escenario, sino un organismo en descomposición, donde el mito americano de la prosperidad —especialmente para comunidades como la puertorriqueña— se deshace en una realidad áspera, marcada por la marginalidad y el desencanto. La puesta en escena subraya esa fractura: colores saturados en coches y vestuario que chocan contra la monotonía grisácea de unos edificios que parecen abandonados a su suerte, como si el entorno hubiese renunciado a sus habitantes.
En ese paisaje, el dinero deja de ser un medio para convertirse en una fe. Todo gira en torno a su consecución, incluso cuando ello implica sacrificar cualquier otra forma de bienestar. Frente a ello, el idealismo aparece como una vía muerta, casi infantil, incapaz de ofrecer una salida real.
Formalmente, la película encuentra aciertos notables. Los planos cenitales, que reducen a los personajes a figuras diminutas atrapadas en el entramado urbano, refuerzan esa sensación de asfixia. Sin embargo, no todo funciona con la misma precisión: la célebre persecución —excesiva en duración y torpe en ejecución— rompe el pulso narrativo más de lo que lo intensifica, alejándose del nervio milimétrico de referentes como The French Connection.
Y, aun así, hay algo profundamente disfrutable en su desparpajo. Como otros títulos de su tiempo —Serpico, Dirty Harry—, la película se mueve entre la denuncia y el espectáculo sin pedir disculpas. Puede que su guion tenga fisuras, pero su energía, su suciedad y su falta de complejos la convierten en una pieza representativa de ese thriller americano setentero que, incluso cuando tropieza, nunca deja de resultar fascinante.


Thriller setentero con un como siempre excelente Robert Duvall, con una policia de Nueva York que tiene otro rasero de medir en la ficción con la policía de San Francisco, donde tenemos al mítico Harry Callahan. En este film se explora y sanciona la violencia policial, mientras que en el film de Don Siegel se exalta, pero que demonios, para mi Harry Callahan era mi ídolo, incluso de peque quería ser poli para parecerme a Harry el sucio. Film a reivindicar.
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