EL CINE DE LOS AÑOS 70.
TONY ARZENTA (1973)
REPARTO: ALAIN DELON, RICHARD CONTE, CARLA GRAVINA, MARC POREL, ROGER HANIN, NICOLETTA MACHIAVELLI, ANTON DIFFRING, ERIKA BLANC, ROSALBA NERI, ETTORE MANNI, SILVANO TRANQUILLI, GUIDO ALBERTI, LINO TROISI
DIRECTOR: DUCCIO TESSARI
MÚSICA: GIANNI FERRIO
PRODUCTORA: TITANUS
DURACIÓN: 97 min.
PAÍS: ITALIA, FRANCIA
Hay películas que parecen existir en los márgenes de la historia oficial del cine, como si aguardaran su momento para ser redescubiertas. Eso ocurre con buena parte del llamado poliziesco italiano, un subgénero áspero, directo, que nunca aspiró al prestigio inmediato pero sí a capturar el pulso nervioso de su tiempo. En ese territorio se mueve Tony Arzenta, una obra que encarna con precisión casi quirúrgica las constantes del género: violencia descarnada, traiciones encadenadas y una sensación de fatalidad que se adhiere al espectador desde el primer disparo.
La película avanza con una sequedad casi mecánica. No hay concesiones ni rodeos: persecuciones, ajustes de cuentas, rostros endurecidos por la experiencia y un protagonista que intenta escapar de un mundo que, como suele ocurrir en estas historias, no permite jubilaciones pacíficas. La figura de Alain Delon se impone con naturalidad, aportando ese magnetismo frío que convierte cada gesto en una declaración de intenciones. Su presencia sostiene una narración que, sin ser especialmente compleja, encuentra en la intensidad su principal virtud.
Resulta curioso cómo este tipo de cine, durante décadas relegado a un segundo plano frente a fenómenos más populares como el spaghetti western, ha ido recuperando terreno con el paso del tiempo. Quizá porque su crudeza conecta mejor con la sensibilidad contemporánea, o porque su manera de abordar la violencia —sin estilización complaciente— lo acerca a ciertas corrientes modernas que hoy gozan de mayor reconocimiento.
En cualquier caso, el poliziesco no surge de la nada. Como ya ocurriera con el polar francés, bebe directamente de las raíces del cine negro estadounidense, aunque reformula sus códigos con una identidad propia: más físico, más urgente, menos preocupado por la estilización clásica. Es, en esencia, un cine de impacto inmediato.
Quien haya transitado previamente por títulos como Revolver, de Sergio Sollima, o por la obra de Fernando Di Leo —especialmente Milán calibre 9— podría pensar que difícilmente encontrará algo que esté a la altura. Sin embargo, Tony Arzenta logra abrirse paso con personalidad propia, apoyándose en una puesta en escena seca y en un ritmo que apenas concede respiro.
Es una película que no busca reinventar el género, sino reafirmarlo. Y en ese gesto encuentra su fuerza. Puede resultar irregular, incluso previsible en algunos tramos, pero también es contundente, incómoda y profundamente eficaz. Su final, lejos de ofrecer consuelo, deja una estela de vacío que encaja perfectamente con la lógica moral del relato.
En definitiva, una pieza que funciona como cápsula de una época y como recordatorio de que, a veces, el cine más directo y menos pretencioso es el que deja una huella más persistente. Ideal para quienes disfrutan de historias de venganza sin adornos, donde cada disparo cuenta y cada decisión tiene un precio irreversible.


Entretenido thriller de mafiosos, asesinos con código del honor, redención, persecuciones, accion... son algunos de los ingredientes de este reivindicable film que cuenta con una de las estrellas del cine negro de los años 40 y 50 dentro del cine negro de Hollywood, Richard Conte.
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