EL CINE DE LOS AÑOS 70.
DE INFARTO (1974)
REPARTO: JONATHAN FRID, MARTINE BESWICK, JOSEPH SIROLA, TROY DONAHUE, CHRISTINA PICKLES, HERVE VILLECHAIZE, ANNE MEACHAM, ROGER DE KOVEN, MARY WORONOV, RICHARD COX
DIRECTOR: OLIVER STONE
MÚSICA: LEE GAGNON
PRODUCTORA: CINERAMA PRODUCTIONS
DURACIÓN: 94 min.
PAÍS: ESTADOS UNIDOS, CANADA
Existen películas que nacen marcadas por su condición de rareza, y De infarto —titulada originalmente Seizure— es, sin duda, una de ellas. Primer largometraje dirigido por Oliver Stone, mucho antes de convertirse en uno de los cronistas más incisivos del poder y la historia reciente de Estados Unidos, este film se presenta como una pieza desconcertante, a medio camino entre el terror psicológico, el surrealismo y la pesadilla simbólica.
Lejos del estilo directo y combativo que definiría más adelante su carrera, Stone apuesta aquí por una narrativa fragmentada, casi onírica, en la que la lógica convencional se diluye en favor de una atmósfera inquietante y deliberadamente confusa. La historia, centrada en un escritor de éxito interpretado por Jonathan Frid, sitúa la acción en una mansión aislada donde un grupo de personajes comienza a enfrentarse a una serie de pruebas tan extrañas como perturbadoras, orquestadas por figuras que parecen surgir de una dimensión alegórica más que real.
Entre ellas destaca la presencia de Hervé Villechaize, cuya inquietante caracterización aporta al conjunto un tono casi grotesco, acentuando esa sensación de que todo lo que ocurre responde a una lógica interna difícil de descifrar. La película no busca tanto asustar en el sentido clásico como desestabilizar al espectador, sumergiéndolo en un relato donde la amenaza es difusa y constante.
Sin embargo, esa ambición formal es también su principal debilidad. De infarto se percibe por momentos como un ejercicio más conceptual que cinematográfico, donde las ideas —muchas veces sugerentes— no siempre encuentran una traducción clara en imágenes o en desarrollo dramático. El resultado es irregular: hay secuencias que poseen una fuerza visual notable, pero otras caen en una repetición que termina diluyendo la tensión.
Aun así, resulta fascinante observar en este debut ciertos temas que Stone desarrollaría más adelante: la fragilidad de la identidad, la violencia latente bajo la superficie de la normalidad, o la idea de que el poder —sea creativo, social o psicológico— tiene siempre un reverso oscuro. Aquí aparecen de forma embrionaria, envueltos en una estética experimental que conecta más con el cine europeo de la época que con el terror estadounidense convencional.
Vista hoy, la película funciona casi como una curiosidad arqueológica dentro de la filmografía de su director. No es una obra redonda ni especialmente accesible, pero sí revela a un cineasta en búsqueda, dispuesto a arriesgar incluso a costa de la coherencia. En ese sentido, De infarto no tanto anticipa al Oliver Stone que vendría después, sino que lo contradice: es el testimonio de un inicio incierto, caótico y, precisamente por ello, profundamente humano.


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