EL CINE DE LOS AÑOS 70.
CONTRATO EN MARSELLA (1974)
REPARTO: MICHAEL CAINE, ANTHONY QUINN, JAMES MASON, MAURICE RONET, ALEXANDRA STEWART, MAUREEN KERWIN, CATHERINE ROUVEL, MARCEL BOZUFFI, PATRICK FLOERSHEIM, ANDRE OUMANSKI, GEORGES BELLER
DIRECTOR: ROBERT PARRISH
MÚSICA: ROY BUDD
PRODUCTORA: AMERICAN INTERNATIONAL PICTURES
DURACIÓN: 91 min.
Dentro
del thriller europeo de los años setenta, Contrato en Marsella ocupa
un lugar peculiar, a medio camino entre el cine de espionaje clásico
y el policíaco urbano que comenzaba a endurecer sus formas. Dirigida
por Robert Parrish, cineasta de trayectoria irregular pero siempre
interesante, la película se construye como un vehículo de
lucimiento para su protagonista, Michael Caine, quien encarna a un
agente de la inteligencia británica enfrentado a una red
internacional de tráfico de drogas.
Desde sus primeros
compases, el filme deja claro su propósito: ofrecer un
entretenimiento ágil, apoyado en la presencia magnética de Caine y
en una narrativa que combina investigación, acción y exotismo
geográfico. Marsella, con su aire portuario y sus claroscuros, se
convierte en un escenario idóneo para una historia donde la ley y el
crimen conviven en una tensión constante. La ciudad no es solo un
telón de fondo, sino un espacio vivo que refuerza la sensación de
peligro latente.
Caine, con su habitual mezcla de
elegancia y dureza, sostiene la película con una interpretación que
no busca grandes alardes, pero sí una eficacia incontestable. Su
personaje responde al arquetipo del profesional frío, alguien que se
mueve con soltura en un mundo donde las reglas son difusas. Frente a
él, el villano interpretado por Anthony Quinn aporta una presencia
rotunda, casi excesiva, que introduce un contraste interesante entre
contención y desmesura.
Sin embargo, más allá de sus
virtudes interpretativas, Contrato en Marsella acusa ciertas
limitaciones propias de su planteamiento. El guion avanza con
corrección, pero sin demasiadas sorpresas, apoyándose en
convenciones del género que, incluso en su momento, comenzaban a
resultar previsibles. La intriga funciona, pero rara vez alcanza un
nivel de verdadera intensidad emocional.
Donde la película
sí encuentra un pulso más estimulante es en sus secuencias de
acción, especialmente en el uso de helicópteros, que aportan un
dinamismo poco habitual y elevan momentáneamente el conjunto. En
esos instantes, Parrish demuestra un oficio sólido, capaz de generar
tensión y espectáculo sin necesidad de artificios excesivos.
Aun
así, el filme se percibe como una obra de transición, un producto
que mira tanto al pasado —al cine de espías más elegante— como
a un futuro donde el thriller sería más crudo y directo. No tiene
la contundencia de otros títulos contemporáneos ni la sofisticación
de los grandes clásicos del género, pero mantiene un interés
sostenido gracias a su ritmo y a la presencia de sus actores.
En
definitiva, Contrato en Marsella es un thriller eficaz, sin
pretensiones de grandeza, que encuentra su valor en la
profesionalidad de sus responsables y en ese aroma setentero que
mezcla glamour, violencia contenida y una visión del mundo donde
todo parece estar siempre en negociación.


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