EL CINE DE LOS AÑOS 70.
¡CARAY, QUE PALIZAS! (1974)
REPARTO: SAL BORGHESE, PETER MARTELL, RITA DI LERNIA, PEPE RUIZ, RAMON LILLO, CARLA MANCINI, LUIS BARBOO, MARISA MEDINA, MANUEL ZARZO, FRANCISCO NIETO, JOSE LUIS CHINCHILLA, LUCIANO DE RITIS
DIRECTOR: FRANCO CIFERRI
MÚSICA: LEONERBERT
PRODUCTORA: ANCLA CENTURY FILMS
DURACIÓN: 89 min.
PAÍS: ITALIA, ESPAÑA
Dentro del vasto territorio del spaghetti western, ¡Caray, qué palizas!, dirigida por Franco Ciferri, aparece como una pieza tardía, casi desubicada en un género que, a mediados de los años setenta, comenzaba ya a mostrar signos evidentes de agotamiento. Y esa sensación atraviesa la película de principio a fin.La premisa no carece de potencial: un botín escondido durante la Guerra de Secesión, un hombre que muere llevándose el secreto a la tumba y una serie de personajes —entre ellos sus propios hijos— lanzados a una búsqueda marcada por la codicia y la torpeza. Sin embargo, lo que podría haber sido una aventura con pulso narrativo se transforma aquí en una sucesión de situaciones deslavazadas que nunca terminan de encontrar su ritmo.
La película intenta inscribirse en la estela cómica popularizada por el dúo Bud Spencer–Terence Hill, apostando por un humor físico, basado en golpes, caídas y exageraciones constantes. Pero donde aquellos lograban una química casi magnética, aquí predomina una sensación de artificio, como si cada gag llegara un segundo tarde o careciera de la energía necesaria para sostenerse. El slapstick se convierte, más que en un recurso, en una muleta reiterativa.
Visualmente, el filme cumple con los estándares del western europeo de la época: paisajes reconocibles, encuadres funcionales y una fotografía correcta que, sin embargo, nunca trasciende lo meramente ilustrativo. Todo parece rodado con una cierta prisa, como si la película respondiera más a una necesidad industrial que a una verdadera inquietud creativa.
En el apartado interpretativo, el conjunto se mueve entre lo irregular y lo caricaturesco. Sal Borgese aporta cierta vis cómica en medio del caos, pero ni siquiera su presencia logra cohesionar un relato que parece dispersarse en múltiples direcciones sin encontrar un centro claro.
Quizá el mayor problema de ¡Caray, qué palizas! sea su incapacidad para decidir qué quiere ser: una parodia, una aventura ligera o un western al uso. Esa indefinición la arrastra hacia una tierra de nadie, donde ni la risa termina de funcionar ni la narración consigue implicar.
Vista hoy, la película tiene un valor casi arqueológico, como testimonio de un género en sus últimos coletazos. Pero más allá de ese interés histórico, deja la impresión de ser un eco menor, una obra que intenta replicar fórmulas ajenas sin alcanzar nunca su verdadera esencia. Un western que, en lugar de galopar, avanza a trompicones.


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