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CLAQUETA FINAL PARA EL RODAJE DE "LA ROJA".
El punto de partida podría parecer casi una broma: un país sin tradición en el cricket soñando con hacerse un hueco en Europa. Pero en La roja, la nueva película de Marcel Barrena, esa premisa improbable se convierte en el motor de una historia que habla menos de deporte que de identidad, pertenencia y dignidad.
El rodaje ya ha concluido, dejando tras de sí un proyecto que se mueve entre la épica modesta y el retrato social. En el centro está Mario, interpretado por Paco León, un entrenador que acepta un reto condenado al fracaso: construir desde la nada una selección española capaz de competir en un Europeo de cricket. Lo que encuentra, sin embargo, es un equipo desestructurado y un deporte prácticamente invisible en el país.
La transformación llega desde los márgenes. Jugadores procedentes de India, Pakistán o Bangladés —muchos de ellos taxistas, repartidores o trabajadores precarios— comienzan a integrarse en el equipo. No solo aportan talento, sino una relación íntima con el cricket, casi genética. Pero con ellos también llegan las diferencias: idiomas, religiones, costumbres. Y, sobre todo, una pregunta incómoda que atraviesa toda la película: ¿quién tiene derecho a representar a España?
Acompañados por una profesora encarnada por Carolina Yuste, estos jugadores levantan un equipo desde la precariedad más absoluta. Sin patrocinadores, sin recursos, cosiendo sus propios uniformes y financiando sus viajes, avanzan a contracorriente de un país que, en demasiadas ocasiones, les responde con desdén o burla. Y aun así, insisten.
Barrena, que firma el guion junto a Alberto Marini, encontró la semilla del proyecto en un vídeo real: el momento en que esta selección cantaba el himno en su primera gran competición europea. Aquella imagen condensaba ya todo el conflicto —y toda la emoción— que ahora articula la película.
Producida por Beta Fiction Spain, Atresmedia Cine y Vilaüt Films, y con la participación de Netflix, La roja no es tanto una historia de victorias deportivas como de resistencia íntima. El título, irónico y cargado de significado, apunta precisamente a esa tensión: la de un grupo diverso que, más allá de banderas o competiciones, encuentra en el equipo una forma de afirmarse como comunidad.
Su llegada a los cines en 2027 se perfila así como algo más que un estreno: la posibilidad de mirar de frente a una realidad incómoda y, quizá, reconocer en ella una idea más amplia —y más honesta— de lo que significa pertenecer.
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