ALMODOVAR Y SUS MUJERES: UN MITO EN PERMANENTE MUTACION.

ALMODOVAR Y SUS MUJERES: UN MITO EN PERMANENTE MUTACION.

Hay conceptos que no se explican: se reconocen. La “chica Almodóvar” es uno de ellos. Una figura que atraviesa décadas, muta con el tiempo y, sin embargo, permanece fiel a una esencia difícil de domesticar. Ahora, con el regreso de Pedro Almodóvar a las salas españolas con Amarga Navidad y su reciente paso por el podcast La Pija y la Quinqui, el término vuelve a cobrar sentido, como si nunca hubiera dejado de hacerlo.

No es casual. En el cine del director manchego, la mujer no ha sido nunca un accesorio narrativo, sino el centro emocional y simbólico de su universo. Y dentro de ese territorio, la “chica Almodóvar” no es solo una actriz ni un personaje: es una actitud frente al mundo. Una forma de existir sin pedir permiso.

Cuando Penélope Cruz confesaba aquello de “siempre quise ser chica Almodóvar”, no hablaba únicamente de formar parte de una filmografía prestigiosa. Hablaba de habitar un espacio creativo donde lo contradictorio es ley: mujeres que pueden ser madres y fugitivas, santas y pecadoras, víctimas y verdugos. Personajes que, lejos de encajar en moldes, los dinamitan.

El origen del término nos lleva a los primeros años 80, en plena efervescencia cultural. Fue en la Mostra de Venecia donde, casi de forma espontánea, la prensa italiana empezó a preguntar por “las chicas de Almodóvar”. Aquella etiqueta, nacida al calor de Entre tinieblas, terminaría por definir una de las identidades más reconocibles del cine europeo contemporáneo.

Pero si hay un punto de partida real, ese está en Pepi, Luci, Bom y otras chicas del montón. Allí, con Carmen Maura, Alaska y Eva Siva, nace algo más que una galería de personajes: nace una forma de mirar. Rostros alejados del canon, voces imperfectas, cuerpos que no buscan agradar sino expresarse. Mujeres excesivas, sí, pero también profundamente humanas.

A partir de ahí, el universo se expande. Película a película —¿Qué he hecho yo para merecer esto?, Matador, Mujeres al borde de un ataque de nervios, ¡Átame!— el cineasta construye un matriarcado propio donde conviven lo grotesco y lo sublime. Y en ese ecosistema aparecen nombres que ya forman parte de la historia del cine español: Rossy de Palma, Marisa Paredes, Victoria Abril, Cecilia Roth o Verónica Forqué.

En el centro de todo, inevitablemente, está Carmen Maura. Musa fundacional, cómplice creativa y, durante años, el rostro más reconocible de ese imaginario. Su relación con Almodóvar, intensa y a veces convulsa, atraviesa una etapa clave que culmina en su reencuentro en Volver, donde pasado y presente parecen reconciliarse en una misma mirada.

Con el paso del tiempo, la “chica Almodóvar” cambia de piel. Se estiliza, se vuelve más sofisticada, pero no pierde su esencia. La llegada de nuevas intérpretes —desde la propia Penélope Cruz hasta figuras más recientes— marca una evolución estética sin renunciar al fondo. La Raimunda de Volver dialoga con la Manuela de Todo sobre mi madre, del mismo modo que personajes de distintas épocas se entrelazan en un mismo pulso emocional.

Incluso cuando el director cruza fronteras, como en La habitación de al lado, su primera incursión íntegramente en inglés, ese espíritu persiste. Actrices como Tilda Swinton o Julianne Moore no hacen sino confirmar que la “chica Almodóvar” no pertenece a un país, sino a una manera de entender el cine.

Quizá por eso su influencia se extiende más allá de su filmografía. Creadores contemporáneos como Javier Calvo y Javier Ambrossi han recogido ese legado en propuestas como Paquita Salas, donde personajes como Noemí Argüelles parecen dialogar directamente con ese ADN almodovariano.

Al final, la “chica Almodóvar” no responde a una fórmula cerrada. Es, más bien, un estado de ánimo. Una mezcla de fragilidad y fuerza, de exceso y verdad. Una mujer que no busca encajar, sino existir en sus propios términos.

Y quizá por eso sigue vigente. Porque en un mundo que insiste en clasificarlo todo, ella continúa escapando a cualquier definición. Siempre al borde, siempre viva. Como si, en el fondo, nunca hubiera dejado de caminar —con paso firme y mirada desafiante— por ese territorio donde el cine y la vida se confunden.



Comentarios

  1. La mejor Chus Lampreave, el resto pues que quieres que te diga, lo mas seguro estaban ahí por reírle las gracias al manchego, que no es santo de mi devoción, antes Santiago Segura.

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