SUSAN SARANDON, LA NUEVA VICTIMA DE HOLLYWOOD SEGÚN ELLA MISMA.
A sus 79 años, Susan Sarandon hace tiempo que dejó de ocupar titulares únicamente por su carrera cinematográfica. Ganadora del Oscar y figura esencial del Hollywood de las últimas décadas del siglo XX, hoy su nombre aparece con la misma frecuencia en crónicas políticas que en páginas culturales. Su reciente paso por Barcelona, donde el 28 de febrero recibió el Goya Internacional, volvió a evidenciarlo.No se limitó a recoger el galardón. Compareció ante la prensa con un mensaje articulado y sin ambages: «Hay que cambiar el mundo. Hay que pasar a la acción». Vestía de negro y lucía una chapa azul en forma de sandía con el lema “Free Palestine”, símbolo inequívoco de su posicionamiento respecto a Gaza. Elogió la postura española en el conflicto, dedicó palabras amables al Ejecutivo y lanzó una frase que agitó el ambiente político: «Pedro Sánchez es alto, guapo y está en el lado correcto de la historia». La reacción no se hizo esperar. El Partido Popular respondió ofreciéndose públicamente a explicarle “la realidad” del país, confirmando que cada intervención suya termina convertida en debate ideológico.
Sarandon sostiene que su activismo ha tenido un coste profesional. Asegura que su agente la despidió tras acudir a una manifestación por Gaza y que su presencia en la industria estadounidense se ha visto limitada. Según su versión, ahora encuentra espacio sobre todo en producciones independientes europeas. Sus seguidores interpretan ese relato como prueba de censura; sus críticos, como la consecuencia lógica de convertir cualquier escenario en tribuna política.
En realidad, su compromiso no es nuevo. Protestó contra la guerra de Irak, fue detenida en 2018 en Capitol Hill durante movilizaciones contra las políticas migratorias de Donald Trump y participó en acciones de la organización One Fair Wage para reclamar mejores salarios en la hostelería neoyorquina. Ha defendido el aborto legal, el feminismo y los derechos LGTBIQ+, y ha pedido la abolición del ICE, al que considera inconstitucional.
Tampoco es la primera vez que introduce la política en un escenario glamuroso. En 1993 utilizó la gala de los Oscar para denunciar el trato a refugiados haitianos con VIH, gesto que dividió a la industria. Esa tensión entre arte y militancia atraviesa también su filmografía: Thelma & Louise se convirtió en emblema feminista y The Rocky Horror Picture Show en icono queer.
Ahí reside la paradoja que define su figura pública. Para algunos, coherencia y valentía; para otros, exceso y oportunismo. Lo indiscutible es que, en su caso, la controversia ya no es un efecto colateral. Es parte inseparable del personaje.

Tiene derecho a manifestar sus ideas, eso no quiere decir que las comparta; ahora bien elogiar al capo de la corrupción en España, me parecen las palabras de una persona que desconoce al personaje. Por el lado artístico, si Hollywood la ha olvidado no es por sus ideas, porque sigue trabajando eso si, en papeles de reparto, y es que tiene una edad y no puede ir paseandose por la pantalla enamorando jovencitos. Ahora le ha tocado el tiempo de interpretar a la madre o abuela de los protagonistas.
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