¿QUÉ FUE DE GABINO DIEGO?, ESTRELLA DEL CINE ESPAÑOL EN LOS AÑOS 90.
El regreso de Torrente presidente a lo más alto de la taquilla española no solo confirma la vigencia del fenómeno creado por Santiago Segura, sino que también ha servido para rescatar del recuerdo a rostros que formaron parte esencial de su universo. Entre ellos, el de Gabino Diego, cuya presencia en la saga remite a una época en la que su carrera parecía avanzar con una naturalidad imparable.
Resulta paradójico que alguien que durante años fue sinónimo de cine español popular y prestigioso a partes iguales haya acabado transitando por caminos más discretos. Porque la historia de Diego no comienza en el éxito, sino en la duda. Hijo de exiliados cubanos, creció entre diagnósticos ajenos que le señalaban como un caso perdido, alguien destinado a no encontrar su lugar. Sin embargo, en ese territorio incierto fue donde empezó a germinar una vocación que acabaría imponiéndose.
Su debut en Las bicicletas son para el verano, dirigida por Jaime Chávarri y basada en la obra de Fernando Fernán Gómez, fue tan determinante como desconcertante. Las críticas no acompañaron, y durante un tiempo la posibilidad de abandonar el camino estuvo muy presente. Pero lejos de retirarse, decidió formarse, pulir su herramienta, encontrar un lenguaje propio.
A partir de ahí, su carrera se desplegó con una mezcla de intuición y oportunidad. Participó en títulos clave del cine español como El viaje a ninguna parte, Amanece, que no es poco o ¡Ay, Carmela!, esta última dirigida por Carlos Saura y por la que obtuvo el Goya, el único de una carrera que, sin embargo, acumuló reconocimientos constantes. También formó parte de éxitos internacionales como Belle Époque o comedias como Two Much, consolidándose como un actor versátil, capaz de moverse entre el drama y el humor con una naturalidad poco común.
Su encuentro con Torrente, el brazo tonto de la ley supuso, en cierto modo, un giro hacia el cine más abiertamente comercial. Allí, junto a figuras como Tony Leblanc, participó en un fenómeno que conectó de forma directa con el público, alejándose de los circuitos más autorales que habían marcado parte de su trayectoria.
Sin embargo, el paso del tiempo fue desplazando su presencia en la gran pantalla. Aunque en los primeros años del nuevo milenio siguió trabajando en comedias como El oro de Moscú o Desde que amanece apetece, la frecuencia de sus apariciones fue disminuyendo. Su físico, su registro, incluso su propia imagen pública parecían encasillarlo en un tipo de personaje que la industria dejó de reclamar con la misma intensidad.
Lejos de desaparecer, Diego encontró en el teatro un espacio más estable, casi un refugio. Es ahí donde ha mantenido una relación más constante con su oficio, con espectáculos como Una noche con Gabino, donde convertía su propia experiencia en materia escénica. El teatro, menos volátil que el cine, le ha permitido sostener una carrera que ya no depende de las llamadas de productores o modas cambiantes.
Su último trabajo cinematográfico antes de este regreso fue Tiempo después, dirigida por José Luis Cuerda, una obra que, fiel al espíritu surrealista del cineasta, funcionaba casi como un eco lejano de aquel universo absurdo en el que Diego brilló décadas atrás.
Y, sin embargo, no hay amargura en su relato. Más bien una aceptación serena de los ritmos caprichosos de la profesión. Para él, el éxito nunca ha sido una línea recta, sino una sucesión de momentos, algunos luminosos, otros más discretos. Volver ahora a Torrente, aunque sea como un eco del pasado, no es tanto una reivindicación como un recordatorio: que el cine, como la memoria, siempre encuentra la forma de recuperar a quienes alguna vez formaron parte de su imaginario.

Actor cuyo rostro parece sacado de la viñeta de un comic, lo recuerdo de peliculas como !Hay Carmela!, durante un tiempo aparecía en todas las peliculas de renombre del cine español.
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