LOS DIRECTORES CON LOS QUE SEAN PENN TRABAJARÍA GRATIS.
Hay actores que construyen su leyenda a base de palabras; otros, como Sean Penn, lo hacen desde el silencio. Incluso en un contexto tan expuesto como la temporada de premios, donde cada declaración parece medida al milímetro, él se mantiene fiel a una actitud esquiva, casi introspectiva. Ni siquiera la perspectiva de un nuevo reconocimiento —en este caso por Una batalla tras otra— altera demasiado esa forma de estar en el mundo.
El contraste se vuelve más evidente cuando al otro lado de la conversación se encuentra Julia Roberts. En el encuentro organizado por Variety, ella adopta con naturalidad el control del diálogo, guiándolo con soltura y una curiosidad que transforma lo que podría haber sido un intercambio rutinario en algo más cercano a una confesión indirecta. Roberts, ajena a la carrera por los premios tras la tibia recepción de Caza de brujas, parece moverse con una libertad que le permite sacar a Penn de su habitual hermetismo.
De ese juego de contrastes emerge una idea reveladora: la admiración casi reverencial que Penn siente por ciertos cineastas. No habla demasiado, pero cuando lo hace, lo hace con precisión. Su vocación como director, confiesa, nació al enfrentarse a la mirada de Terrence Malick en Malas tierras, una experiencia que dejó una huella duradera en su manera de entender el cine. A partir de ahí, su carrera se bifurcó sin conflicto: actor y director, dos impulsos que acabarían encontrándose en proyectos tan personales como Hacia rutas salvajes.
La relación con Malick, sin embargo, no ha estado exenta de claroscuros. Penn formó parte del universo del cineasta en La delgada línea roja, donde su presencia quedó asociada a una de esas frases que parecen suspendidas en el tiempo, heredada del escritor James Jones. Años después, repetirían colaboración en El árbol de la vida, aunque el resultado dejó en él una cierta sensación de distancia: el meticuloso trabajo previo se diluyó en el montaje final, reducido a apenas unos instantes.
Y, sin embargo, no hay rastro de reproche. Al contrario, cuando Roberts le empuja a mojarse, Penn menciona sin titubeos a Malick, junto a Alejandro González Iñárritu y Paolo Sorrentino, como los únicos cineastas por los que estaría dispuesto a trabajar prácticamente sin condiciones. Con Iñárritu ya había explorado territorios emocionales intensos en 21 gramos, y con Sorrentino se dejó llevar por la melancolía estilizada de Un lugar donde quedarse.
Hay algo casi romántico en esa declaración, como si en un oficio tan condicionado por contratos y cifras aún quedara espacio para una fidelidad más intuitiva, más visceral. En el fondo, entre silencios y respuestas breves, Sean Penn termina diciendo mucho más de lo que parece: que el cine, cuando importa de verdad, no se negocia, se sigue.

Y yo me pregunto cuantos directores no lo querrían ni aunque fuera de gratis, porque me da que es un tipo bastante conflictivo y un reclamo de cara a la taquilla tampoco lo es.
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