LA VISION DE JOHN HUSTON SOBRE UNO DE LOS MITOS DE LA HISTORIA DEL SALVAJE OESTE.

LA VISION DE JOHN HUSTON SOBRE UNO DE LOS MITOS DE LA HISTORIA DEL SALVAJE OESTE.

Hay películas que no terminan de encajar en el molde de su género, y quizá por eso sobreviven mejor al paso del tiempo. El juez de la horca pertenece a esa estirpe: un western que no busca tanto contar una historia como dejarse llevar por la forma en que esa historia se descompone, se reinventa y se vuelve imprevisible.

Hoy encuentra su lugar en plataformas como Filmin, donde este tipo de obras, a medio camino entre lo irregular y lo fascinante, suelen ser redescubiertas con otra mirada, más abierta y menos condicionada por las expectativas de su época.

En el corazón del relato está Roy Bean, una figura real del Oeste que ya en vida parecía sacada de una leyenda torcida. Apodado “el juez del Pecos”, su fama venía precisamente de su manera poco ortodoxa de impartir justicia. La película toma ese punto de partida y lo transforma en algo casi mitológico. Aquí, su historia comienza al borde de la muerte, salvado in extremis por una mujer que irrumpe como un destello inesperado en medio de la violencia. Ese instante marca un giro: el superviviente regresa, ajusta cuentas y decide levantar su propio sistema, una justicia personal que no responde a más reglas que las suyas.

A partir de ahí, el film se mueve entre lo solemne y lo absurdo con una libertad desconcertante. Los juicios improvisados, las decisiones arbitrarias, el tono cambiante… todo parece diseñado para romper la lógica clásica del western. Y es precisamente ahí donde encuentra su identidad.

Detrás de esa mirada está John Huston, un cineasta poco interesado en seguir caminos previsibles. Su forma de rodar —en exteriores reales, en paisajes ásperos y abiertos del Oeste estadounidense— aporta una textura casi documental, pero al mismo tiempo permite que la película respire de manera caótica. Hay algo desordenado en su pulso, sí, pero también profundamente vivo.

En ese territorio incierto se mueve Paul Newman, construyendo un protagonista que rehúye cualquier simpatía inmediata. Su Roy Bean es excesivo, contradictorio, a veces incómodo, y sin embargo magnético. No busca gustar, sino imponerse como una presencia impredecible. A su alrededor orbitan figuras como Ava Gardner o Jacqueline Bisset, que contribuyen a esa sensación de collage tonal, donde lo clásico y lo excéntrico conviven sin pedir permiso.

El guion de John Milius refuerza esa dualidad: escenas que parecen extraídas de un western tradicional se alternan con otras que rozan la parodia o el delirio. Esa falta de equilibrio, tan discutida en su estreno, es precisamente lo que hoy la vuelve singular.

Incluso su música tiene una segunda vida. La partitura de Maurice Jarre, nominada al Oscar en su momento, encontró décadas después un inesperado eco cuando Quentin Tarantino recuperó uno de sus temas para el tramo final de Érase una vez... en Hollywood. Ese gesto no solo reintroducía la melodía, sino que también servía como puente entre épocas, como si la película de Huston nunca hubiera terminado de desaparecer del todo.

Y es que El juez de la horca, en su deriva hacia lo casi fabulístico en el desenlace, termina por abandonar cualquier anclaje con la realidad histórica para abrazar algo más libre, más cercano al cuento que a la crónica. Un western que no busca ser fiel, sino memorable en su rareza. Quizá por eso, con el tiempo, ha dejado de ser una anomalía para convertirse en una pieza de culto discreto, de esas que siguen creciendo en los márgenes del género.




Comentarios

  1. John Huston realizo tres westerns a pesar de que en algunos consideren al Tesoro de sierra madre como su cuarto western. A mi personalmente El juez de la horca, no es un western que me entusiasme, es un western desmitificador ante todo. Prefiero Los que no perdonan, y sobretodo ese western hoy día olvidado que dirigió Huston con Audie Murphy sobre la guerra civil norteamericana que era La roja insignia del valor.

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