LA PELICULA QUE TANTO AVERGONZABA A PAUL NEWMAN, QUE HASTA LLEGÓ A PEDIR PERDON.

LA PELICULA QUE TANTO AVERGONZABA A PAUL NEWMAN, QUE HASTA LLEGÓ A PEDIR PERDON.

 A comienzos de los años sesenta, el nombre de Paul Newman ya no necesitaba presentación. Había conquistado a crítica y público con una serie de interpretaciones que lo situaban en ese lugar reservado a los actores que no solo brillan, sino que definen una época. Desde Marcado por el odio, su ascenso fue constante, cimentado en una galería de personajes intensos, vulnerables y, a menudo, atravesados por una ironía sutil que se convertiría en su sello.

Durante aquellos años, Newman encadenó títulos que hoy forman parte del imaginario clásico: La gata sobre el tejado de zinc, El zurdo, Éxodo o El buscavidas, entre muchos otros. Cada uno de ellos reforzaba la imagen de un intérprete sólido, elegante en su contención y magnético incluso en silencio. Parecía, visto desde fuera, una carrera sin fisuras.

Sin embargo, había una sombra que el propio actor nunca dejó de señalar con cierta sorna: El cáliz de plata, su debut cinematográfico. Antes de convertirse en estrella, Newman había pasado por la televisión, acumulando pequeños papeles hasta que Warner Bros. le ofreció aquel drama ambientado en la Antigua Roma. En él interpretaba a Basil, un joven esclavo con talento para la orfebrería. Sobre el papel, la oportunidad era prometedora; en la práctica, terminó siendo una experiencia que el actor recordaría como poco menos que traumática.

Con el paso del tiempo, Newman no dudó en calificar aquella película como un error: la consideraba artificiosa, pretenciosa y, sobre todo, un reflejo de su propia inexperiencia. Se veía torpe, incómodo, incluso ridículo bajo la túnica. Aquella percepción fue tan persistente que marcó una decisión curiosa en su carrera: evitar, en la medida de lo posible, los relatos ambientados en el pasado, más allá de incursiones puntuales en el wéstern.

Lo más fascinante llegaría en 1963, cuando su prestigio ya estaba fuera de toda duda. Al enterarse de que una cadena local de Los Ángeles iba a emitir El cáliz de plata, Newman tomó una decisión insólita: compró espacios publicitarios en prensa para pedir disculpas públicamente y recomendar a los espectadores que no vieran la película. Un gesto tan honesto como imprevisible que, lejos de disuadir al público, provocó el efecto contrario. La curiosidad se disparó, y la emisión terminó convirtiéndose en un inesperado éxito de audiencia. A veces, la autocrítica más feroz es también la mejor campaña de marketing involuntaria.

La paradoja resulta aún más jugosa si se recuerda que, por aquel trabajo que tanto detestaba, había recibido un Globo de Oro como mejor promesa. Un detalle que añade otra capa de ironía a la historia.

A partir de ahí, su trayectoria continuó engrandeciéndose con títulos como La leyenda del indomable, Dos hombres y un destino, El golpe o El color del dinero, consolidando una filmografía prácticamente intachable.

Quizá por eso, ese tropiezo inicial resulta tan revelador. Porque en una carrera casi perfecta, ese pequeño “error” no solo humaniza al mito, sino que lo acerca al espectador. Y, en cierto modo, convierte a El cáliz de plata en algo más que una simple película fallida: en una anécdota inolvidable dentro de una de las trayectorias más brillantes que ha dado el cine.


Comentarios

  1. La verdad es que era muy mala y eso que tenía como director a Robert Wise, y en el reparto estaba Jack Palance, Virginia Mayo, Pier Angeli, Natalie Wood, Joseph Wiseman, Lorne Greene, Robert Middleton y Strother Martin entre otros.

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