LA ACADEMIA DEL CINE ALEMAN OTORGARA UN PREMIO HONORIFICO A WIM WENDERS AL CONJUNTO DE SU CARRERA.
Hay cineastas cuya obra parece avanzar en línea recta, y otros —los menos— que construyen su trayectoria como un mapa lleno de desvíos, silencios y paisajes interiores. Wim Wenders pertenece a esta segunda categoría. A sus 80 años, su figura sigue orbitando en un lugar difícil de clasificar, ajeno a modas y tendencias, fiel a una mirada que ha convertido la melancolía en una forma de narrar el mundo.
La Academia de Cine Alemana ha decidido reconocer esa trayectoria con un premio honorífico en su 76ª edición, que se celebrará el 29 de mayo en Berlín. Más que un galardón, el gesto funciona como una reafirmación: la de un cineasta que ha atravesado más de medio siglo de historia del cine sin diluir su identidad.
Porque si algo define a Wenders es su persistencia. Desde Paris, Texas hasta El cielo sobre Berlín, pasando por la reciente Perfect Days, su cine ha explorado una constante: la del individuo enfrentado al espacio, a la memoria, al paso del tiempo. Sus personajes no buscan tanto respuestas como lugares donde detenerse, aunque sea por un instante.
Ese mismo impulso lo ha llevado también al terreno documental, donde su sensibilidad encuentra otra forma de expresión. Obras como Buena Vista Social Club, Pina o La sal de la tierra revelan a un cineasta capaz de observar la realidad con la misma delicadeza con la que construye sus ficciones. No es casual que su filmografía haya sido reconocida en festivales como Cannes o Venecia, donde obtuvo la Palma de Oro y el León de Oro, respectivamente.
Sin embargo, el reconocimiento llega en un momento especialmente complejo. Durante la última edición de la Festival Internacional de Cine de Berlín, que presidió como jurado, Wenders se vio envuelto en una polémica inesperada. Sus declaraciones sobre la necesidad de que los cineastas se mantuvieran al margen de la política desataron una reacción inmediata, amplificada por el contexto internacional y el clima de confrontación en torno al conflicto en Gaza.
Las críticas no tardaron en llegar, firmadas por figuras como Tilda Swinton, Javier Bardem o Adam McKay, a las que se sumó después Pedro Almodóvar con palabras especialmente duras. En ese contexto, el cineasta alemán optó por matizar su postura: no negaba la relación entre cine y política, sino que defendía la diferencia de sus lenguajes. Para él, el cine permite complejidad, ambigüedad y tiempo; algo difícil de sostener en la lógica inmediata de las redes.
Esa idea, lejos de cerrar el debate, lo vuelve más incómodo. Y quizá ahí reside la coherencia de Wenders: en no adaptarse del todo a las exigencias del presente. Su cine nunca ha sido urgente en el sentido mediático, sino en el emocional. No busca responder a la actualidad, sino comprenderla desde la distancia.
Por eso este premio no solo celebra una filmografía esencial del cine europeo, sino también una forma de estar en el mundo. Wenders sigue siendo un autor que incomoda porque no simplifica, porque no se alinea con facilidad, porque insiste en mirar cuando todo invita a reaccionar.
En tiempos de ruido constante, su cine —y su figura— funcionan casi como una anomalía. Y quizá, precisamente por eso, siguen siendo necesarios.

Cualquiera que discrepe con las ideas y provoque la ira de artistas politizados como Javier Bardem o Pedro Almodóvar tiene mi total admiración.
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