DRACULA (2025)

 EL OJO CRITICO



DRACULA (2025)
REPARTO: CALEB LANDRY JONES, CHRISTOPH WALTZ, ZOE BLEU SIDEL, MATILDA DE ANGELIS, DAVID SHIELDS, GUILLAUME DE TONQUEDEC, EWENS ABID, JASSEM MOUGARI, BERTRAND-XAVIER CORBI, RAPHAEL LUCE, SALOMON PASSARIELLO
DIRECTOR: LUC BESSON
MÚSICA: DANNY ELFMAN
PRODUCTORA: EUROPA CORP.
DURACIÓN: 129 min.
PAÍS: FRANCIA
Hay películas que nacen bajo la sombra de un mito y, sin embargo, merecen respirar por sí mismas. Drácula de Luc Besson pertenece a esa estirpe. No porque ignore la tradición, sino porque decide caminar sin pedir permiso, apostando por una mirada romántica, sensorial, casi elegíaca, sobre un personaje condenado a cargar con más de un siglo de reinterpretaciones.

Resulta curioso —y cansino— comprobar cómo parte de la conversación crítica parece incapaz de mirar la película sin la libreta comparativa en la mano. Que si recuerda a Francis Ford Coppola y su fastuosa visión de Bram Stoker's Dracula, que si evoca a El perfume, que si traiciona a Bram Stoker… Como si el cine fuese un museo de piezas intocables y no un arte vivo, condenado —y bendecido— a la reinvención constante.

La propuesta de Besson no pretende competir con el barroquismo de Coppola ni con la fidelidad literaria. Busca otra cosa: la emoción del mito contado como una historia de amor maldito. Y en ese terreno encuentra su propia voz. Hay romanticismo, melancolía, deseo, y una atmósfera gótica que respira en cada decorado, en cada gárgola, en cada encuadre que se detiene en la belleza de la decadencia.

En el centro de la tormenta, Caleb Landry Jones compone un Drácula frágil y perturbador, con esa mezcla de fascinación y extrañeza que siempre ha definido al personaje. No es el aristócrata solemne ni el monstruo puro: es un ser condenado por el amor, casi un fantasma enamorado. Puede que el montaje tenga altibajos, puede que algunas transiciones resulten bruscas, pero el film mantiene intacta su vocación emocional.

Porque el verdadero problema no está en la película, sino en la forma en que la miramos. Cuando exigimos que cada versión repita la anterior, negamos la esencia misma de personajes como Drácula, moldeado por generaciones de cineastas, escritores y soñadores. Cada reinterpretación es una capa más en su leyenda.

Quizá la pregunta final sea la más reveladora: si esta fuese la primera vez que escuchamos la historia, sin recuerdos de Coppola ni del libro ni de ningún otro Drácula… ¿la juzgaríamos con tanta severidad? Tal vez no. Tal vez descubriríamos simplemente un relato gótico, apasionado, imperfecto y hermoso en su atrevimiento.

A veces, para ver al vampiro, hay que apagar la luz de la comparación. Solo entonces aparece la película que realmente tenemos delante.

Comentarios