EL OJO CRITICO
CHRISTY: EL COMBATE DE SU VIDA (2025)
REPARTO: SYDNEY SWEENEY, BEN FOSTER, MERRITT WEVER, ETHAN EMBRY, KATY O’BRIAN, CHAD COLEMAN, BRYAN HIBBARD, JESS GABOR, GILBERT CRUZ, TONY CAVALERO, MILES MUSSENDEN, ARISCHA CONNER, ADRIAN LOCKETT
DIRECTOR: DAVID MICHOD
MÚSICA: ANTONY PARTOS
PRODUCTORA: STAGE 6 FLMS
DURACIÓN: 135 min.
PAÍS: ESTADOS UNIDOS
Después de un silencio de un par de años, David Michôd vuelve a ponerse tras la cámara con un biopic deportivo centrado en la figura de Christy Martin. Pero la película no es tanto una crónica de victorias en el cuadrilátero como el retrato de una vida atravesada por la violencia íntima, por decisiones equivocadas y por la difícil conquista de la propia identidad. Un relato que encuentra su verdadera fuerza en dos interpretaciones extraordinarias.
El corazón del film late en el trabajo de Sydney Sweeney y Ben Foster. La primera sostiene el peso emocional de la historia con una entrega admirable, componiendo a Martin desde la fragilidad y la determinación, rompiendo con cualquier encasillamiento previo y confirmando que su talento va mucho más allá de su imagen pública. Foster, por su parte, construye un personaje inquietante, lleno de violencia latente, cuya presencia resulta casi insoportable por lo convincente. Entre ambos levantan una película que se apoya por completo en sus hombros.
La narración avanza de manera lineal, sin recurrir a flashbacks ni artificios temporales. Esa decisión le otorga al relato un ritmo de avance constante, como un combate que no admite descanso. El espectador acompaña a Christy en su ascenso deportivo mientras descubre el infierno doméstico que la rodea, mostrado sin concesiones, con crudeza directa. El contraste entre la gloria del ring y la humillación privada dota a la historia de una intensidad inesperada.
En ese recorrido aparecen secundarios sólidos como Merritt Wever o Katy O'Brian, que aportan matices y humanidad a un universo donde cada gesto parece cargado de consecuencias. Sin embargo, el guion intenta abarcar demasiados temas y eso provoca altibajos en su desarrollo. La duración se resiente y algunos pasajes se sienten apresurados o reiterativos. Es en el tramo final donde la película alcanza su mayor potencia, cuando la violencia se vuelve casi insoportable y la lucha personal de la protagonista adquiere un peso devastador.
Como relato deportivo funciona con solvencia, pero es la dimensión íntima la que la convierte en algo más que un biopic convencional. Los clichés del género aparecen, sí, pero están bien utilizados, integrados en una historia que busca algo más profundo: mostrar a la mujer detrás del icono, a la persona que resiste cuando ya no queda energía para levantarse.
Michôd firma una obra correcta, incluso clásica en su planteamiento, que termina revelándose más intensa de lo que promete. Una película sobre la resistencia, sobre la violencia que no se ve y sobre la dignidad de seguir luchando cuando todo parece perdido. Y, de paso, una confirmación: Sydney Sweeney no es una imagen de moda ni una etiqueta generacional, sino una actriz capaz de cargar con el peso de un drama complejo y salir victoriosa. Como Christy Martin, sigue peleando, y gana.


La pelicula funciona muy bien cuando esta se olvida de todo el rollo LGTBI, convirtiéndose en un poderoso drama con unas interpretaciones brillantes tanto por parte de Sidney Sweeney como sobretodo de Ben Foster.
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