BARCELONA PLATO CINEMATOGRAFICO CON JOHN WAYNE DE PROTAGONISTA.
Aquel verano barcelonés no empezó con un guion, sino con una imagen: la silueta de John Wayne recortada sobre la cubierta del Wild Goose, convertido en un palacio flotante que atracaba en el Mediterráneo como si el propio Hollywood hubiese decidido echar el ancla en la ciudad. Era agosto de 1963 y, sin necesidad de decorados artificiales, Barcelona ya se había transformado en espectáculo.
El proyecto que lo traía consigo tenía algo de desmesura desde su concepción. Circus World —rebautizada en España como El fabuloso mundo del circo— aspiraba a convertir el puerto en escenario de tragedias, reencuentros y grandes emociones. Bajo la producción de Samuel Bronston y la dirección de Henry Hathaway, el despliegue técnico invadió el Moll de la Fusta y los alrededores del monumento a Colón, donde una gigantesca réplica de barco aguardaba su destino: hundirse ante los ojos de miles de curiosos.
Pero antes de que el cine impusiera su ficción, la ciudad ya había caído rendida ante la presencia de sus estrellas. Rita Hayworth, envuelta en una elegancia crepuscular, y Claudia Cardinale, en pleno ascenso, compartían cartel con un Wayne que paseaba por Las Ramblas como si cabalgara por territorio propio. La prensa seguía cada uno de sus movimientos, fascinada por ese equilibrio entre mito y cercanía.
Sin embargo, el rodaje pronto dejó claro que no sería una producción convencional. La escena del naufragio, diseñada para impresionar, terminó desbordando cualquier previsión. Wayne, fiel a su rechazo a los dobles, permanecía sobre la estructura cuando el barco comenzó a inclinarse más de lo esperado. La caída fue tan real como aparatosa, y el actor acabó en un hospital barcelonés con una lesión en la pierna, alimentando la leyenda de un intérprete que parecía incapaz de separarse del riesgo.
Esa frontera difusa entre ficción y realidad también se cruzó lejos del mar. Durante el rodaje en Aranjuez, una carpa ardió más de lo previsto. El viento convirtió la escena en un incendio auténtico, y el caos obligó a reaccionar sin guion. Wayne, lejos de la épica cinematográfica, se implicó directamente en el rescate de animales, mientras Hayworth escapaba entre llamas, dejando atrás vestuario y pertenencias. El cine había dejado de ser representación para convertirse en urgencia.
Entre accidente y accidente, la ciudad vivía su propia fiesta. Técnicos, extras y curiosos se mezclaban en un puerto que vibraba como pocas veces. Comercios, restaurantes y calles absorbían ese pulso internacional, mientras figuras como Wayne exploraban discretamente la noche barcelonesa, entre locales elegantes y rincones más populares donde su presencia, pese a los intentos de anonimato, resultaba imposible de ocultar.
Cuando el rodaje concluyó, quedó algo más que una película. Circus World terminaría siendo un fracaso en taquilla, una herida económica que aceleró la caída del imperio de Bronston. Pero en Barcelona permaneció otra memoria, menos cuantificable: la de un verano en el que el cine no solo se rodó, sino que se vivió, con toda su grandeza y sus inevitables riesgos.

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