LA OBRA MAESTRA QUE KATHERINE HEPBURN SE NEGO A VOLVER A VER.
Pocas veces el cine ha sabido convertir el sufrimiento en romanticismo con tanta elegancia como La reina de África. Hoy se la venera como un clásico incontestable, una aventura sentimental en estado puro y el papel que finalmente le dio a Humphrey Bogart el Oscar que siempre se le había escapado. Pero mientras la historia se escribía en celuloide, una de sus protagonistas estaba convencida de que aquello era una empresa condenada al fracaso.Estrenada en 1951 y dirigida por John Huston, la película propone un choque de temperamentos tan simple como irresistible. Charlie Allnutt es un capitán fluvial tosco, bebedor y cínico; Rose Sayer, una misionera británica rígida, educada y profundamente moral. La Primera Guerra Mundial irrumpe en África Oriental y, tras la destrucción de una misión y la muerte del hermano de Rose, ambos se ven obligados a compartir una huida imposible a bordo de una vieja barcaza llamada La reina de África. El viaje por ríos infestados de peligros acaba siendo también un viaje interior, donde la fricción se transforma, casi sin darse cuenta, en afecto.
Lo que la pantalla transmite como aventura romántica fue, en realidad, un rodaje cercano a la pesadilla. Huston decidió filmar en localizaciones reales, en Uganda y el entonces Congo Belga, desafiando las comodidades habituales de Hollywood. El resultado fue una experiencia extrema: calor insoportable, mosquitos constantes, animales salvajes y agua contaminada que provocó disentería a buena parte del equipo.
Katharine Hepburn nunca maquilló su recuerdo. En sus memorias —con ese título interminable y delicioso que parecía ya una advertencia— confesó que llegó a detestar la película antes de acabarla. El guion le parecía tedioso, la experiencia agotadora y el rodaje una sucesión de incomodidades físicas y mentales. Llegó a admitir que deseaba que ocurriera algún desastre que le evitara tener que seguir rodando.
La paradoja es que, mientras ella enfermaba y maldecía cada jornada, Bogart y Huston parecían inmunes al entorno. Según contaba Hepburn con ironía, sobrevivían a base de whisky y ginebra, convencidos de que el alcohol era más fiable que el agua local. Huston, además, aprovechaba los descansos para irse de caza de elefantes, como si estuviera viviendo su propia película paralela.
Contra todo pronóstico, La reina de África fue un triunfo. Arrasó en taquilla, recibió múltiples nominaciones y le otorgó a Bogart el único Oscar de su carrera. Hepburn también fue reconocida, y la química entre ambos quedó grabada en la historia del cine. Tenían 52 y 44 años respectivamente, una diferencia que nunca pesó en pantalla.
Fuera de cámara, esa conexión nació de algo mucho más tranquilo: largas conversaciones a la sombra de la selva, hablando de cine, política y de la vida misma. Bogart, lejos del bravucón que interpretaba, era tímido y reservado. Quizá por eso, entre el barro, el sudor y el caos, surgió una de las historias de amor más memorables del cine clásico.

Tampoco es que sea la mejor pelicula en la que intervino Katherine Hepburn, ni de las que intervino Bogart. Es una buena pelicula que se sostiene por el maravilloso trabajo de ambos.
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