EL CINE DE LOS AÑOS 70
HITLER, LOS ÚLTIMOS DÍEZ DÍAS (1973)
REPARTO: ALEC GUINNESS, SIMON WARD, ADOLFO CELI, DIANE CILENTO, ERIC PORTER, GABRIELE FERZETTI, DORIS KUNSTMANN, JOSS ACKLAND, JOHN BENNETT, JOHN BARRON, BARBARA JEFFORD, JOHN GLOVER, PHYLLIDA LAW, JOHN HALLAM, ANGELA PLEASENCE, TIMOTHY WEST
DIRECTOR: ENNIO DE CONCINI
MÚSICA: MISCHA SPOLIANSKY
PRODUCTORA: TOMORROW ENTERTAINMENT
DURACIÓN: 106 min.
PAÍS: REINO UNIDO, ITALIA
El principal problema de esta recreación de los últimos días de Hitler no está tanto en lo que cuenta, sino en cómo decide contarlo. Desde su planteamiento, la película opta por una vía que la condena a una comparación inevitable —y desfavorable— con El hundimiento, una obra que supo encontrar el difícil equilibrio entre humanidad y horror, entre lo cotidiano y lo monstruoso.
Aquí, en cambio, el retrato del Führer se construye desde la exageración. La película subraya de forma insistente su desequilibrio mental, convirtiéndolo en una figura permanentemente al borde de la caricatura. Sus discursos mesiánicos, sus arrebatos grandilocuentes y sus obsesiones con la posteridad aparecen reiterados una y otra vez, hasta vaciar al personaje de cualquier ambigüedad inquietante. El resultado es un Hitler reconocible, sí, pero también previsible, reducido a una suma de tics ya asumidos por el imaginario popular.
Esta elección narrativa resulta especialmente problemática si se la confronta con otras aproximaciones más complejas. Mientras que El hundimiento encontraba su fuerza en mostrar a un hombre capaz de gestos cotidianos dentro de un contexto de absoluta demencia ideológica, esta película insiste en presentar a un individuo permanentemente desbordado por su locura. El subrayado constante no aporta profundidad; al contrario, erosiona la credibilidad del retrato.
Resulta llamativo, además, el énfasis con el que los títulos iniciales reclaman una supuesta fidelidad histórica, avalada por asesores militares. Esa necesidad de legitimarse desde el primer minuto parece casi una defensa anticipada. Lejos de reforzar el realismo, esa insistencia choca con un enfoque que privilegia el trazo grueso frente al matiz.
Alec Guinness, por su parte, emerge como uno de los elementos más sólidos del conjunto. Su interpretación evita, en gran medida, caer en el exceso, manteniendo una contención que contrasta con el tono general del filme. Incluso cuando el guion lo empuja hacia episodios cercanos a la farsa, el actor logra preservar cierta dignidad interpretativa, salvo en contadas escenas donde la infantilización del personaje resulta difícil de esquivar.
El uso de material documental y de imágenes reales introduce momentos de interés, pero también revela otra de las debilidades del film: su tendencia a remarcar lo obvio. Algunas asociaciones visuales, aunque basadas en hechos reales, resultan demasiado evidentes, casi didácticas, y rompen la sutileza que una recreación de este calibre debería aspirar a mantener.
A medida que la narración avanza, esa falta de contención se acentúa. La película abandona cualquier intento de complejidad para entregarse a una visión cada vez más deformada de sus personajes, diluyendo su potencia histórica en favor de una caricatura reiterativa que, lejos de iluminar los hechos, termina por simplificarlos.


La pelicula puede parecer algo claustrofóbica, ya que se desarrolla prácticamente en su totalidad en el bunker en que permaneció y que supuestamente se suicido Hitler. Lo mejor y de largo es la interpretación de Alec Guinness como Hitler, lo borda sencillamente.
ResponderEliminar