EL CINE DE LOS AÑOS 70. KUNG FU CONTRA LOS SIETE VAMPIROS DE ORO (1973)

 EL CINE DE LOS AÑOS 70.



KUNG FU CONTRA LOS SIETE VAMPIROS DE ORO (1973)
REPARTO: PETER CUSHING, DAVID CHIANG, JOHN FORBES-ROBERTSON, JULIE EGE, ROBIN STEWART, SHIH SZU, ROBERT HANNA, CHAN SHEN, JAMES MA, LAY KAR-WING, FUNG HAK-ON
DIRECTOR: ROY WARD BAKER
MÚSICA: JAMES BERNARD
PRODUCTORA: HAMMER PRODUCTIONS
DURACIÓN: 85 min.
PAÍS: REINO UNIDO, HONG KONG
En el ocaso de su reinado gótico, la legendaria Hammer Film Productions buscaba nuevas fórmulas para sobrevivir. Tras años de castillos envueltos en niebla, vampiros aristocráticos y un erotismo que había marcado el terror de los sesenta, el público empezaba a mirar hacia otros horizontes. El kung fu arrasaba en las pantallas —apenas un año antes había estallado el fenómeno de Operación Dragón— y la productora británica decidió unir dos mundos que, sobre el papel, parecían irreconciliables: los colmillos del Drácula europeo y los puños veloces del cine oriental.

El resultado fue Las siete vampiras de oro, una coproducción singular dirigida por Roy Ward Baker junto al coreógrafo y realizador Chang Cheh. La premisa, tan delirante como fascinante, situaba a Abraham Van Helsing en China, acompañado por un grupo de hermanos expertos en artes marciales que protegían una aldea del ataque de vampiros orientales enmascarados. Había ecos de Los siete magníficos y hasta una atmósfera de western fronterizo trasladado al Lejano Oriente.

La película se mueve entre el encanto kitsch y la precariedad evidente. Los vampiros —mudos, rígidos, de maquillaje exagerado— parecen salidos de una pesadilla barata, mientras los zombis emergen de la tierra con una torpeza entrañable. Sin embargo, en los combates se adivina el pulso de la tradición hongkonesa, con coreografías ágiles que aportan energía a un conjunto irregular. El erotismo, heredado de la Hammer tardía, aparece como un gesto automático, casi paródico, con esos desnudos “exigidos por el guion” que hoy resultan tan ingenuos como reveladores de una época.

Entre los personajes surge incluso un romance interracial que, en su momento, tenía un aire transgresor, como si el film quisiera anunciar que el género también necesitaba abrir sus fronteras. Y aunque la modestia del presupuesto pesa en cada decorado, hay imágenes que perduran: las figuras saliendo de sus tumbas, el asedio final entre antorchas y estacas, el caos de una batalla desigual que recuerda vagamente a epopeyas posteriores como El guerrero nº 13.

No es una gran película, pero sí un curioso híbrido que resume un momento de transición. Cuando el terror clásico empezaba a apagarse y el cine buscaba nuevas sangres, la Hammer intentó reinventarse mezclando mitologías. El resultado fue imperfecto, incluso ingenuo, pero conserva algo entrañable: el eco de un estudio que se resistía a morir, buscando en la mezcla improbable de culturas una última chispa de imaginación.

Comentarios

  1. El film mezcla hábilmente el cine de artes marciales de los Shaw Brothers con el cine de terror gótico de la Hammer, con un Drácula que tiene el poder de transformarse en otra persona, en este caso un monje chino. Entretenida, buenas escenas de acción y aunque pierde algo lo que sería el cine de terror, el film es realmente bueno.

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