EL OJO CRITICO
GAUA (2025)
REPARTO: YUNE NOGUEIRAS, ELENA IRURETA, ANE GABARAIN, IÑAKE IRASTORZA, XABI LOPEZ, ERIKA OLAIZOLA, MANEX FUCHS, ELENA URIZ, JON JAUREGUI, LAURA UTURREGI, ELIAS GARCIA, ORTZI ACOSTA, JANIRE ETXABE, ALEJANDRA DEZA
DIRECTOR: PAUL URKIJO ALIJO
MÚSICA: MAITE ARROITAJAUREGI, ARANZAZU CALLEJA
PRODUCTORA: FILMAX
DURACIÓN: 93 min.
PAÍS: ESPAÑA
Después de Errementari (2017) e Irati (2022), lo de Paul Urkijo ya no era una rareza feliz dentro del cine fantástico español: era una promesa sostenida. Un director que entiende el folk horror vasco no como un disfraz pintoresco, sino como una forma de narrar el miedo desde lo ancestral, desde lo que se susurra en los caseríos y en los bosques cuando cae la niebla. Por eso Gaua se siente como algo más que “la siguiente”: es la película donde Urkijo afila el estilo y da un salto evidente en sobriedad, madurez y cohesión. Una obra menos enamorada del exceso y más segura de su propio peso.
El viaje nos devuelve a esos bosques oscuros del norte, pero esta vez hay algo distinto: la oscuridad no es solo atmósfera. Es presencia. Es una materia que se pega a la piel. Gaua es la película más nocturna del director, y no lo digo solo por la luz: lo digo porque aquí la noche parece tener voluntad, como si respirara en la nuca de los personajes y decidiera a quién perdona y a quién devora.
La historia se abre con un gesto definitivo: Kattalin envenena a su marido y echa a correr. Su huida no es una línea recta, sino un descenso. Se adentra en el bosque, se aleja del camino —que en este cine siempre es una frontera moral— y cae en un lugar donde la noche no cubre: caza. En su deriva se cruza con tres mujeres que lavan la ropa, beben licor y narran historias como quien echa sal en una herida. Y lo inquietante, lo brillante, es que esas historias no hablan de monstruos lejanos… hablan de ella. Hablan de su marido. Hablan del pueblo. Hablan de un destino que ya está escrito, aunque nadie lo haya firmado.
Urkijo plantea Gaua como un relato episódico y no lineal, una especie de mosaico de secretos comunitarios donde lo importante no es tanto “qué pasó” como “qué se oculta”. El pueblo vive asediado por muchas cosas a la vez: la miseria, la pobreza, el peso de lo cotidiano… y, por encima, la Inquisición, esa amenaza histórica que siempre funciona como monstruo institucional, como el depredador que se alimenta de lo diferente. Son ingredientes que cualquiera puede mezclar. Lo difícil es que no queden como un catálogo. Y aquí, por suerte, todo encaja con una precisión sorprendente: el horror y lo humano van en la misma frase.
Porque Gaua no solo va de paganismo y maleficios: también va de amor, de huida, de lo que significa querer escapar cuando el mundo se te queda pequeño por dentro. Y sobre todo va del poder de la comunidad, que puede ser abrigo o condena, hoguera o refugio. Hay en la película una acumulación constante de imágenes y momentos sobrecogedores: metáforas visuales que te entran sin avisar, venganzas soterradas más potentes que cualquier sermón, y una sensación de que lo verdadero —lo realmente peligroso— no siempre viene del bosque, sino de lo que el pueblo decide callarse.
Si algo confirma a Urkijo como cineasta es su talento para el diseño. Aquí aparecen varios monstruos, y todos tienen una entidad apabullante: no son criaturas “bonitas”, ni puro efecto, ni simple fanservice. Son mitología encarnada. Presencias que pertenecen al paisaje y al imaginario como si hubieran estado ahí desde siempre, esperando a que alguien tuviera los medios y el gusto para filmarlas sin convertirlas en un chiste. En ese sentido, Gaua es una fiesta oscura: un despliegue de imaginación hecha carne.
Y en lo técnico es directamente un lujo. Se nota que no estamos ante una producción modesta, pero lo más importante es que esa inversión se traduce en calidad cinematográfica real: fotografía de altura, un vestuario trabajado con una coherencia casi táctil, y una puesta en escena que entiende el barro, la madera, la lluvia y la penumbra como parte del lenguaje. A eso se suma una música que funciona en dos direcciones: por un lado, el impulso orquestal; por otro, esas canciones ritualistas que se te quedan pegadas con un magnetismo extraño, como si de verdad las hubieras oído alguna vez en una noche sin faroles.
En el reparto destaca con claridad Yune Nogueiras (Akelarre), sosteniendo a Kattalin con una fragilidad muy bien medida: vulnerable, sí, pero también obstinada. Es fácil empatizar con ella porque el guion no la convierte en heroína ni en villana: la convierte en alguien que intenta sobrevivir a lo que ha hecho y a lo que le han hecho.
Y aquí entra la confesión inevitable: si te gustan las leyendas antiguas, los monstruos de territorio, el mundo feérico y la mitología local, el cine de Urkijo es una debilidad difícil de disimular. Pero incluso intentando ser frío, cuesta negar lo evidente: Gaua es su mejor película hasta la fecha. Más elegante, más precisa, más madura. Menos deslumbrada por el gesto y más concentrada en el relato. Se nota que hay un director que ya no está probando cosas: está construyendo una voz.
Y cuando crees que ya lo has visto todo, llega ese final. Ese último plano que se queda dentro como un sello, como una imagen que no se borra.


Hasta esta pelicula, las dos anteriores peliculas de Paul Urkijo Alijo me gustaron, sin embargo esta no me llegó, vale que es una pelicula que pone su visión sobre las leyendas vascas cosa que si te interesa el tema ya estas predispuesto a verla, pero el film es totalmente fallido, ya que tenemos un film profundamente woke, ahora no todo es malo, ya que el film tiene una excelente ambientación y los actores no lo hacen mal.
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