EL LARGOMETRAJE POR LA QUE FUE RECHAZADA MERYL STREEP POR "FEA".

 EL LARGOMETRAJE POR LA QUE FUE RECHAZADA MERYL STREEP POR "FEA".

Durante mucho tiempo, Hollywood ha funcionado como un escaparate de certezas falsas. Entre ellas, una especialmente persistente: la idea de que el talento femenino debía venir acompañado de una belleza concreta, reconocible, casi reglamentada. Un canon estrecho que no garantizaba calidad artística, pero cuya ausencia sí bastaba para justificar descartes, silencios y carreras truncadas. En ese paisaje de exigencias arbitrarias, la historia de Meryl Streep adquiere un valor casi simbólico.

Hoy resulta difícil concebir el cine contemporáneo sin su presencia, pero en los años setenta su rostro no encajaba en los estándares dominantes del gran espectáculo. Cuando aún era una actriz joven y desconocida, acudió a una prueba decisiva: el casting del King Kong producido por Dino De Laurentiis. La película necesitaba un icono femenino que respondiera a una idea clásica de belleza, más cercana al mito que a la verdad humana.

La escena, reconstruida años después por la propia Streep con una calma desarmante, revela mucho más que una anécdota cruel. En aquella oficina, el productor, convencido de que ella no comprendía italiano, la redujo a una valoración puramente física, preguntando por qué le habían presentado a alguien que consideraba inadecuado para el papel. No hablaba de interpretación ni de presencia escénica, sino de apariencia.

Lo decisivo fue la reacción. Sin dramatismos ni disculpas, Streep respondió en el mismo idioma, dejando claro que había entendido cada palabra. No se defendió. No suplicó. Simplemente aceptó que aquel criterio no tenía nada que ver con su valor como actriz. En ese instante, el sistema descartaba sin saberlo a quien acabaría redefiniendo la excelencia interpretativa durante décadas.

El papel recayó en Jessica Lange, cuyo debut cinematográfico se convirtió en uno de los grandes rostros del filme y en un emblema visual de la época. Streep, en cambio, tomó otro camino. Uno más silencioso, pero infinitamente más duradero. En apenas dos años ya estaba nominada al Oscar por El cazador. Poco después ganaría el primero por Kramer contra Kramer. A partir de ahí, su filmografía se convirtió en una lección continua de rigor, riesgo y profundidad emocional.

Con el tiempo llegarían La decisión de Sophie, La dama de hierro y una cifra que no admite discusión: veintiuna nominaciones al Oscar y tres premios. Ningún intérprete, hombre o mujer, ha sido reconocido tantas veces por la Academia. Un récord que desmonta, pieza a pieza, aquella lógica inicial que confundía fotogenia con talento y juventud con legitimidad artística.

La propia Streep ha señalado en numerosas ocasiones cómo esa vara de medir sigue vigente, especialmente para las mujeres. Mientras muchos actores envejecen con indulgencia, a ellas se les exige mantenerse dentro de un ideal que no admite el paso del tiempo. Su carrera no solo es excepcional por sus logros, sino por lo que evidencia sobre un sistema que aún arrastra inercias profundamente injustas.

Mirado con perspectiva, aquel casting fallido se transforma en una pequeña fábula moral. No por el error del productor, que el tiempo se encargó de corregir, sino por la lucidez de una actriz que entendió que una opinión, por influyente que fuera, no tenía poder para definirla. A veces, el verdadero talento no consiste en encajar, sino en saber cuándo no hacerlo.



Comentarios

  1. Cuando era joven no era fea ni mucho menos, no era la belleza espectacular, pero si que era una actriz de una belleza clásica.

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