EL EMPERADOR DEL NORTE (1973)

 EL CINE DE LOS AÑOS 70



EL EMPERADOR DEL NORTE (1973)
REPARTO: LEE MARVIN, ERNEST BORGNINE, KEITH CARRADINE, CHARLES TYNER, MALCOLM ATTERBURY, SIMON OAKLAND, HARRY CAESAR, MATT CLARK, ELISHA COOK JR., LANCE HENRIKSEN, SID HAIG, VIC TAYBACK, JACK COLLINS
DIRECTOR: ROBERT ALDRICH
MÚSICA: FRANK DE VOL
PRODUCTORA: 20TH CENTURY FOX
DURACIÓN: 120 min.
PAÍS: ESTADOS UNIDOS
Pocas películas de aventuras desprenden una fisicidad tan áspera y visceral como este drama dirigido por Robert Aldrich, un cineasta injustamente relegado a un segundo plano pese a ser uno de los grandes arquitectos de la atmósfera sombría del cine estadounidense. Especialista en retratar la violencia moral y física del ser humano —desde el terror psicológico de ¿Qué fue de Baby Jane? hasta el vigor bélico de Doce del patíbulo o El vuelo del Fénix—, Aldrich encontró aquí un material ideal: un relato breve de Jack London, con ecos autobiográficos, atravesado por el hambre, la dignidad y la supervivencia.

La acción se sitúa en plena Gran Depresión, en los parajes salvajes de Oregón, a lo largo de una línea férrea de carga que serpentea entre montañas, bosques y puentes suspendidos sobre el vacío. En ese paisaje hostil se mueve una fauna humana olvidada por el sistema: vagabundos, polizones, hombres sin nombre que viajan de tren en tren buscando algo tan básico como seguir vivos. Son los desheredados de la tierra, y su campo de batalla es el ferrocarril.

En el centro del conflicto se alza el tren número 19, gobernado con brutalidad por Shack, un revisor despótico interpretado con ferocidad por Ernest Borgnine. Uniformado, armado con un martillo y sin rastro de compasión, Shack es la encarnación del poder que aplasta al débil: un hombre mediocre que, al amparo de la autoridad, se transforma en un monstruo. Frente a él se levanta el Número 1, un vagabundo curtido al que Lee Marvin dota de una presencia colosal. Su objetivo no es el dinero ni la victoria material, sino algo más abstracto y desesperado: convertirse en el “Emperador del Norte”, el rey simbólico de los nadie, viajar en el tren prohibido para demostrar que aún existe un espacio para el orgullo.

El choque entre ambos no es solo físico, es ideológico. Son dos fuerzas de la naturaleza enfrentadas, dos animales territoriales convencidos de que el mundo no tiene sitio para los dos. Marvin y Borgnine están sencillamente descomunales: cada gesto, cada mirada, cada golpe transmite una rabia primitiva que traspasa la pantalla. Keith Carradine, correcto y sensible en su papel, queda inevitablemente eclipsado por este duelo de titanes, atrapado entre dos huracanes humanos imposibles de contener.

La confrontación final sobre los vagones del tren alcanza una dimensión casi mitológica. No es una pelea, es una guerra de desgaste, un combate ancestral donde cada impacto duele y cada caída pesa. Aldrich filma ese clímax con una épica brutal, sin embellecimientos, como si asistiera al último rugido de dos dinosaurios que se niegan a abandonar su territorio.

Más que una denuncia social explícita, la película funciona como un canto feroz a la libertad individual. Es una oda a los espíritus indomables, a la dignidad del que no tiene nada pero se niega a rendirse. Incluso en la nada absoluta, parece decirnos, siempre queda algo por lo que luchar.

La puesta en escena es impecable. Rodada en escenarios naturales de Oregón, la película respira autenticidad en cada plano. La fotografía de Joseph Biroc captura unos paisajes tan salvajes como los propios personajes: montañas, ríos, bosques y puentes que parecen esculpir el destino de estos antihéroes. El ritmo es implacable, casi sin respiro, con pocos diálogos y una narrativa que confía en la acción como lenguaje principal. Todo avanza hacia un crescendo perfectamente medido, anunciando un desenlace en el que, como en las viejas leyendas, solo puede quedar uno.

Una película intensa, física y profundamente humana, recomendada para quienes disfrutan del cine de enfrentamientos homéricos y del aroma áspero de las historias forjadas a base de sudor, hierro y voluntad.

Comentarios

  1. Muy buena pelicula de accion ambientada en los años de la gran depresión norteamericana, que constituye un autentico duelo interpretativo a recordar entre Lee Marvin y Ernest Borgnine, este último sencillamente brutal, nunca mejor dicho.

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