EL CONFIDENTE (1973)

 EL CINE DE LOS AÑOS 70

EL CONFIDENTE (1973)


REPARTO: ROBERT MITCHUM, PETER BOYLE, RICHARD JORDAN, STEVEN KEATS, ALEX ROCCO, MITCHELL RYAN, JOE SANTOS, PETER MacLEAN, KEVIN O’MORRISON, MARVIN LICHTERMAN, CAROLYN PICKMAN, JAMES TOLKAN, MATTHEW COWLES
DIRECTOR: PETER YATES
MÚSICA: DAVE GRUSIN
PRODUCTORA: PARAMOUNT PICTURES
DURACIÓN: 102 min.
PAÍS: ESTADOS UNIDOS
Peter Yates alcanzó con The Friends of Eddie Coyle una cima insólita dentro de su filmografía, quizá menos popular que Bullitt, pero mucho más audaz en su manera de observar el engranaje criminal. Aquí no hay heroísmo ni pulsión épica: el hampa aparece como un sistema cansado, erosionado por la rutina y la desconfianza, donde atracadores, traficantes, confidentes y policías se relacionan a través de intercambios verbales tan triviales como amenazantes. Las palabras, más que la acción, son el verdadero motor del relato, y a través de ellas se va dibujando un universo opaco, difícil de descifrar, marcado por la falsedad permanente.

Ese tono desapasionado que define la película ha sido a menudo señalado como uno de sus rasgos más distintivos. Los hechos, incluso los más graves, se presentan sin subrayados emocionales ni énfasis dramáticos. Sin embargo, la tragedia está ahí, latente, encarnada en la figura de Eddie Coyle. Yates no la fuerza desde la puesta en escena ni desde el guion; es Robert Mitchum quien la introduce con su sola presencia. Su rostro gastado, su manera de moverse, su voz cansada cargan de melancolía cada plano, apelando al bagaje del espectador para completar lo que la película se niega a explicar.

La frialdad se extiende también al apartado formal. Yates filma con precisión casi quirúrgica los atracos, descomponiendo la acción en gestos mínimos mediante un montaje atento al detalle. La secuencia inicial, que más tarde encontrará eco en otro momento del metraje, funciona como declaración de intenciones: nada es espectacular, todo es mecánico. En contraste, los encuentros verbales se sitúan en espacios que refuerzan esa sensación de desgaste moral: bares anodinos a plena luz del día o interiores oscuros y sucios donde la iluminación apenas deja ver los rostros.

Ese juego entre lo visible y lo apenas insinuado alcanza su máxima expresión en las escenas nocturnas, dominadas por un tenebrismo que obliga al espectador a intuir más que a observar. Con interpretaciones sólidas y contenidas —Jordan, Boyle, Keats—, la película construye un mundo donde nadie confía en nadie. Y cuando llega el desenlace, seco y revelador, Eddie Coyle comprende por fin quiénes eran realmente sus amigos. Un final tan claro como devastador, coherente con una obra que hace del desencanto su seña de identidad.

Comentarios

  1. La pelicula para mi gusto, le falta alma, resulta muy fría y en ningún momento hay suspense, tensión ni nada que se le pueda parecer. Robert Mitchum a pesar de que es el protagonista parece un miembro mas del reparto. Lo mejor Peter Boyle como un asesino con cierto código del honor.

    ResponderEliminar

Publicar un comentario