EL CINE DE LOS AÑOS 70
CHACAL (1973)
REPARTO: EDWARD FOX, MICHAEL LONSDALE, DEREK JACOBI, ALAN BADEL, CYRIL CUSACK, TERENCE ALEXANDER, ERIC PORTER, DONALD SINDEN, DELPHINE SEYRING, TIMOTHY WEST, RONALD PICKUP, MAURICE DENHAM, TONY BRITTON
DIRECTOR: FRED ZINNEMANN
MÚSICA: GEORGES DELERUE
PRODUCTORA: UNIVERSAL PICTURES
DURACIÓN: 142 min.
PAÍS: REINO UNIDO, FRANCIA
Hay películas que avanzan como un mecanismo de precisión, donde cada gesto, cada silencio y cada plano parecen calculados al milímetro. Esta adaptación de la novela de Frederick Forsyth es una de ellas. Bajo la mirada experta de Fred Zinnemann, cineasta con más de cuarenta años de oficio y varias obras capitales en su trayectoria, el relato se despliega con una sobriedad y una elegancia que hoy resultan casi insólitas.
El guion de Kenneth Ross entiende perfectamente el material de partida y lo traduce a imágenes sin necesidad de subrayados innecesarios. Desde el inicio, la película establece un juego de fuerzas perfectamente equilibrado. Por un lado, el avance implacable de un asesino a sueldo contratado por la OAS para eliminar a Charles de Gaulle; por otro, el entramado burocrático y policial que intenta anticiparse a sus movimientos. No hay héroes ni villanos convencionales, solo profesionales ejecutando su trabajo con una frialdad casi administrativa. Esa dualidad —el cazador y los cazadores— sostiene un thriller que se apoya más en la tensión acumulada que en el golpe de efecto.
Uno de los grandes aciertos del film es la elección de Edward Fox como el Chacal. Frente a las presiones de la productora, que pretendía imponer rostros populares como Michael Caine o Roger Moore, Zinnemann optó por un actor prácticamente desconocido para el gran público. La decisión no pudo ser más acertada: Fox compone un personaje magnético y hermético, cuya frialdad resulta inquietante precisamente por su ausencia de énfasis. Fascina observar cómo el asesino va despejando su camino hacia el objetivo, muchas veces fuera de campo, con una naturalidad que incrementa la sensación de amenaza constante. El tiempo, omnipresente a lo largo del metraje, se convierte en un personaje más. Relojes, horarios, cuentas atrás: todo remite a una carrera silenciosa en la que no está claro quién lleva ventaja.
A pesar de su extensa duración, cercana a las dos horas y media, la película nunca se vuelve pesada, en buena medida gracias al impecable montaje de Ralph Kemplen, que le valió una merecida nominación al Óscar y mantiene el pulso narrativo siempre firme. El clímax, durante el desfile militar, es una lección magistral de cine. Siete minutos y cuarenta y cinco segundos sin diálogos ni música, sostenidos únicamente por miradas, gestos y tensión pura. El espectador sabe que se ha llegado al punto de no retorno y cada movimiento parece decisivo, como si todos los personajes fueran conscientes de estar jugándose la partida final.
Resulta difícil no establecer comparaciones con la posterior versión dirigida por Michael Caton-Jones décadas después, si solo para constatar cómo el talento —o su ausencia— marca la diferencia a la hora de contar una historia. Frente a aquel ejercicio torpe y olvidable, esta película se mantiene como un ejemplo modélico de thriller clásico, construido con inteligencia, rigor y una confianza absoluta en el poder del cine para atrapar sin necesidad de artificios.


Aunque todos sabemos que nunca se llego a asesinar al general De Gaulle, el film mantiene el suspense en el aspecto de como intentara la policía desarticular ese intento de asesinato. El film es muy meticuloso en todo el aspecto de la investigación y supuso el reconocimiento como actor de Edward Fox. Muy buena pelicula.
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