TIMOTHY DALTON, EL ACTOR QUE SE SINTIO LIBRE AL DEJAR DE SER JAMES BOND.

 TIMOTHY DALTON, EL ACTOR QUE SE SINTIO LIBRE AL DEJAR DE SER JAMES BOND.


A mediados de los años noventa, cuando GoldenEye devolvió a James Bond al primer plano con Pierce Brosnan al frente, muchos espectadores desconocían que aquella reactivación del mito tenía raíces profundas en una etapa breve y, durante años, mal comprendida. Antes de que la saga se adaptara al pulso de los nuevos tiempos, hubo un actor que había preparado el terreno con una interpretación más sombría y exigente: Timothy Dalton.

La llegada de Dalton a la franquicia no fue fruto de la casualidad, sino de una cadena de decisiones aplazadas. Su nombre llevaba décadas orbitando alrededor de 007. Ya a finales de los sesenta, cuando Sean Connery parecía dispuesto a colgar el esmoquin, el joven actor británico fue considerado para el relevo, aunque él mismo se apartó por sentirse demasiado joven para asumir el peso del personaje. Aquella renuncia abrió el camino a George Lazenby primero y, más tarde, a un Roger Moore que acabaría encarnando al agente durante siete películas, consolidando un Bond más ligero, irónico y escapista.

Sin embargo, tras Panorama para matar en 1985, con un Moore de 58 años despidiéndose definitivamente del papel, Eon Productions se vio obligada a replantear el futuro de la saga. El primer nombre en encabezar la lista fue el de Pierce Brosnan, entonces una estrella televisiva en pleno auge gracias a Remington Steele. Sus pruebas convencieron a Cubby Broccoli y el relevo parecía cerrado. Pero el anuncio del fichaje provocó una reacción inmediata de la NBC, que renovó el contrato del actor y lo obligó a cumplir una temporada adicional. El proyecto se vino abajo y Brosnan quedó, por el momento, fuera de juego.

Fue entonces cuando Dalton recibió la llamada definitiva. Esta vez aceptó, consciente de que Eon buscaba algo distinto: un regreso al espíritu original de Ian Fleming. Menos gadgets, menos ironía y un retrato más crudo del espía. Dalton, lector confeso de las novelas, abrazó esa visión con convicción. Su Bond no era un icono despreocupado, sino un profesional marcado por la violencia, emocionalmente erosionado y sometido a conflictos morales. Elegante y disciplinado, sí, pero también furioso, herido y solitario.

Ese enfoque cristalizó en 007: Alta tensión (1987) y Licencia para matar (1989), dos películas que devolvieron gravedad y tensión a la saga. El cambio fue tan notable que incluso generó recelos: se las acusó de ser demasiado duras, demasiado violentas, hasta el punto de que Licencia para matar se convirtió en la primera entrega en recibir una calificación PG-13. Aun así, ambas funcionaron correctamente en taquilla y redefinieron al personaje con una seriedad que la franquicia no había explorado desde los tiempos de Connery.

El abrupto final de la etapa Dalton no tuvo que ver ni con el público ni con la dirección creativa. Fue consecuencia de una maraña legal. A finales de los ochenta, la compra de United Artists por parte de MGM y las posteriores operaciones financieras desembocaron en un conflicto con Danjaq, la empresa de la familia Broccoli, que denunció una vulneración de los derechos de distribución. El resultado fue un bloqueo que paralizó la saga durante casi cinco años. Cuando, en 1994, se alcanzó finalmente un acuerdo y Bond pudo regresar, Dalton —ya cercano a los cuarenta— optó por no continuar.

La ironía es que la película que habría protagonizado estaba adelantada a su tiempo: una trama centrada en la piratería informática global y la manipulación digital de gobiernos. No sería su destino. Eon recuperó entonces la opción Brosnan, que debutó en 1995 y consolidó una etapa muy celebrada, aunque profundamente influida por los códigos narrativos y el tono heredados de su predecesor.

Con el paso de los años, la percepción crítica cambió. Aquellas dos películas, inicialmente vistas como una anomalía, comenzaron a ser reconocidas como un eslabón fundamental en la evolución del personaje. Cuando el cine de los noventa abrazó un realismo más áspero, la figura de Dalton fue revalorizada como el verdadero precursor del Bond moderno.

El propio actor nunca mostró arrepentimiento. Al contrario, ha hablado de su salida con una serenidad casi liberadora. Al ver los primeros carteles de Brosnan, confesó sentirse aliviado, libre de una presión constante. Quizá ahí resida la paradoja de su legado: haber cargado con el peso de transformar a Bond sin disfrutar plenamente del reconocimiento inmediato. Hoy, sin embargo, su aportación resulta innegable. Dalton no fue un paréntesis, sino un punto de inflexión silencioso.


Comentarios

  1. Si tuviera que elegir el pódium de los tres mejores Bond's fijo que estaba compartiendo el podio con Sean Connery y Pierce Brosnan.

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