POLVORA NEGRA (1972)

 EL CINE DE LOS AÑOS 70

POLVORA NEGRA (1972)
REPARTO: JIM BROWN, MARTIN LANDAU, BRENDA SYKES, LUCIANA PALUZZI, VIDA BLUE, STEPHEN McNALLY, KEEFE BRASSELLE, WILLIAM CAMPBELL, BERNIE CASEY, HERBERT JEFFERSON JR., TIMOTHY BROWN, TONY YOUNG, DEACON JONES
DIRECTOR: ROBERT HARTFORD-DAVIES
MÚSICA: TONY OSBORNE
PRODUCTORA: COLUMBIA PICTURES
DURACIÓN: 97 min.
PAÍS: ESTADOS UNIDOS
Robert Hartford-Davis fue uno de esos nombres que, sin llegar nunca a las grandes ligas del cine británico, se movió con astucia entre los márgenes de la industria, siempre dispuesto a aprovechar cualquier resquicio de provocación o tendencia popular. Comenzó en la televisión a mediados de los cincuenta, pero pronto se sintió atraído por la libertad —y el riesgo— del cine de bajo presupuesto. Su debut en 1962 con Crosstrap, un thriller criminal hoy perdido, llamó la atención del legendario Tony Tenser, figura clave del exploitation británico y fundador de Tigon Studios. De aquella alianza nació una filmografía plagada de excesos, erotismo y violencia, con títulos que nunca aspiraron a ser respetables, pero sí inolvidables dentro de su propio terreno.


El éxito local de aquellas producciones lo llevó a cruzar el Atlántico, donde encontró en el blaxploitation un nuevo territorio de juego. Hartford-Davis entendió rápido las reglas: ritmo, acción, sensualidad, y un trasfondo de rabia social envuelto en color y funk.

Sin embargo, en esta incursión americana —una película que mezcla persecuciones de coches, tiroteos, mafias, proxenetas y racismo institucional—, su pulso narrativo parece dividirse en dos mitades muy distintas. La primera, marcada por un exceso de diálogos inertes, intenta un tono casi dramático, como si quisiera denunciar la desesperanza del gueto; la segunda, en cambio, se entrega al puro espectáculo, con acción desatada, explosiones y redenciones imposibles.

El resultado es tan irregular como fascinante. Su estructura desconcertante, lineal pero impredecible, hace que cada secuencia parezca surgir de manera natural, sin perder cierta sensación de realidad. Hartford-Davis no logra equilibrar el comentario social con la diversión que promete, pero tampoco renuncia a su energía primaria.

El guion —directo, plagado de clichés y giros inesperados— sostiene a duras penas el conjunto, aunque el reparto le da vida. Jim Brown, icono absoluto del blaxploitation, impone presencia y carisma, mientras que Martin Landau, en el papel del antagonista, eleva cada escena con su mezcla de cinismo y elegancia. Entre ambos, la película respira una extraña autenticidad: no es un gran filme, pero sí un testimonio honesto de su tiempo. Así, en medio del caos narrativo y la desmesura propia del género, Hartford-Davis logró su cometido más sencillo y quizás el más importante: ofrecer entretenimiento puro. Una película imperfecta, sí, pero viva, tan caótica como el mundo que pretendía retratar.



Comentarios

  1. Buen thriller de venganza con un solvente Jim Brown como siempre y con bastante accion, erotismo y en donde se intenta vender la imagen de su estrella masculina siempre que puede descamisado como un sex-symbol ante las espectadoras.

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