PASOLINI: LA HERIDA QUE ITALIA AÚN NO CIERRA.
En el barrio romano de Monteverde, un pequeño estudio parece resistir al olvido. Lo mantiene abierto Silvio Parrello, “er Pecetto”, uno de los últimos muchachos callejeros que inspiraron Ragazzi di vita. Entre montones de libros, fotografías y viejos sumarios judiciales, este octogenario guarda un tesoro íntimo: la memoria de Pier Paolo Pasolini. “Toda la verdad oficial es falsa”, murmura con el rostro arrugado por la rabia, antes de escribir tres nombres en un papel. No los pronuncia, por si alguien escucha.
Cincuenta años han pasado desde aquella noche del 1 de noviembre de 1975, cuando el cuerpo del poeta apareció masacrado en una playa de Ostia. Medio siglo después, Italia sigue preguntándose quién —y por qué— quiso silenciar para siempre la voz más incómoda de su tiempo.
Pasolini fue muchas cosas y todas ellas inquietantes para el poder: poeta y cineasta, comunista herético, homosexual declarado, cronista de los márgenes, enemigo del consumismo y la burguesía. Su obra, desde Le ceneri di Gramsci hasta Mamma Roma o Il Vangelo secondo Matteo, es un espejo feroz de un país que se transformaba a golpes de modernidad. También lo es Salò o le 120 giornate di Sodoma, la película maldita que se estrenó tras su muerte, y que muchos creen tuvo algo que ver con su final.
El único condenado por aquel crimen, Pino Pelosi, confesó haberlo matado tras rechazar sus supuestas insinuaciones sexuales. Años después cambió de versión: no estaba solo, dijo. Murió en 2017, asegurando hasta el último momento que en la playa hubo más gente, que fue una emboscada.
Dacia Maraini, amiga íntima del escritor, lo recuerda con desgarro: “El caso nunca se resolvió. Fue una batalla, no un simple asesinato”. La autora sospecha de los “servicios secretos corruptos”, convencida de que Pasolini estaba investigando las maniobras de las grandes petroleras para su novela inconclusa Petrolio, publicada póstumamente en 1992.
Otros apuntan a un móvil distinto: aquella noche, aseguran, el director acudió a Ostia para recuperar unas cintas robadas de Salò. Pero nada ha podido demostrarse.
En estos cincuenta años, Italia ha abierto y cerrado investigaciones sin fin, y hasta el Parlamento —el mismo que lo atacó en vida— ha conmemorado el aniversario de su muerte con un inusual consenso político. De derecha a izquierda, todos lo reivindican hoy como un visionario. El diputado socialdemócrata Roberto Morassut lo resumió así: “Su asesinato sigue siendo un misterio”.
Y sin embargo, Pasolini ya lo había advertido un año antes de morir, en un artículo que recordaba al J’accuse de Zola: “Yo sé, pero no tengo las pruebas”. Hablaba entonces de las tramas de poder y los atentados de los Años de Plomo. Quizá también, sin saberlo, de su propio destino.
Cincuenta años después, su voz sigue resonando entre los márgenes de Roma y en los rincones de una Italia que aún no ha terminado de comprenderlo. En el aire queda la misma pregunta que nadie ha podido borrar: ¿quién mató a Pasolini?

A mi la verdad es que su cine nunca me ha calado. Ahora bien su muerte fue algo que nunca tuvo que haber pasado.
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