SECRETOS BAJO EL TACON: LO QUE NO SABIAS DEL DIABLO VISTE DE PRADA.
Durante años, El diablo viste de Prada ha sido algo más que una historia sobre moda: es un engranaje perfecto de anécdotas, casualidades y decisiones al borde del abismo que, vistas hoy, parecen imposibles de imaginar de otra manera. Porque lo que terminó siendo un clásico estuvo, en realidad, a punto de tomar caminos muy distintos.
Pocos recuerdan que Anne Hathaway no era, ni de lejos, la favorita para encarnar a Andy Sachs. Ni la segunda. Ni la tercera. Según confesó años después, fue la novena opción. Una cifra que suena casi absurda cuando se piensa en lo inseparable que resulta hoy su rostro del personaje. Pero ahí está la grieta interesante: incluso los iconos nacen de la insistencia más que de la certeza.
Detrás de esa historia hay otra, más pegada a la realidad. La novela original de Lauren Weisberger no surgió de la imaginación, sino de una experiencia directa en las entrañas de la moda. Once meses trabajando como asistente de Anna Wintour fueron suficientes para construir un retrato que luego el cine transformaría en mito. Y la propia autora, como si no quisiera despegarse del todo de ese universo, se coló discretamente en la película con un pequeño cameo.
Sin embargo, lo más fascinante de este engranaje es lo cerca que estuvo de ser otro. Javier Cámara, por ejemplo, llegó a rozar el papel de Nigel. La historia de su audición —marcada por la inseguridad con el idioma y una honestidad casi brutal— deja entrever ese otro universo paralelo en el que Stanley Tucci no habría sido el alma irónica del relato. Cuesta imaginarlo, pero durante un instante fue una posibilidad real.
En ese mismo territorio de decisiones invisibles habita el trabajo de Emily Blunt, que convirtió a su personaje en algo más que lo escrito. Esas prisas constantes, ese movimiento nervioso por la redacción, no estaban en el guion: nacieron de su intuición. Y acabaron definiendo a Emily Charlton tanto como sus diálogos afilados.
Por encima de todos, claro, se alza Meryl Streep. Su Miranda Priestly no solo le valió un Globo de Oro, sino que redefinió la idea de poder en pantalla. Lo curioso es que su voz —ese susurro que hiela más que cualquier grito— no surgió de la nada, sino de una inspiración inesperada: Clint Eastwood. Un detalle que resume bien el tono de la película: todo parece natural, pero nada lo es del todo.
Y mientras la ficción se construía, la realidad seguía filtrándose. Gisele Bündchen apareció fugazmente, al igual que el diseñador Valentino Garavani interpretándose a sí mismo. Incluso André Leon Talley, figura clave en Vogue, estuvo a punto de formar parte del proyecto, aunque rechazó la idea. Años después, no ocultaría su distancia con la versión cinematográfica de ese mundo que conocía tan bien.
El rodaje tampoco fue tan glamuroso como parecía. París, ese escenario esencial, apenas acogió al equipo durante 48 horas, y ni siquiera contó con la presencia de Streep, cuyo tiempo en la ciudad resultaba demasiado costoso. Mientras tanto, el vestuario —auténtico protagonista silencioso— superó el millón de dólares, con piezas que acabarían teniendo una segunda vida en subastas benéficas.
Y luego está el detalle más simbólico: la transformación de Andy, que en pantalla se traduce en una talla menos, pero que también tuvo su reflejo fuera de ella. Como si, de alguna manera, la película devorara un poco a quienes la habitaban.
Quizá por eso sigue funcionando. Porque bajo su superficie brillante hay algo más desordenado, más humano: decisiones a última hora, oportunidades perdidas, intuiciones que cambian personajes enteros. Un conjunto de accidentes afortunados que, al encajar, dieron forma a algo que hoy parece inevitable.
Como si, en el fondo, el verdadero lujo de El diablo viste de Prada no estuviera en la ropa… sino en todo lo que pudo no haber sido.

Uff!!! Pero a quien se le ocurrió pensar en Javier Cámara, cuando en el panorama cinematográfico hay un actorazo como Stanley Tucci, que a la postre era lo mejor del film.
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