LYNNE RAMSAY DIRIGIRA A JOAQUIN PHOENIX EN UN PROYECTO LARGAMENTE ACARICIADO POR LA CINEASTA, "POLARIS".
LYNNE RAMSAY DIRIGIRA A JOAQUIN PHOENIX EN UN PROYECTO LARGAMENTE ACARICIADO POR LA CINEASTA, "POLARIS".
Entre el hielo y lo desconocido, Lynne Ramsay sigue avanzando a su propio ritmo, fiel a una filmografía que nunca ha tenido prisa, pero sí una identidad inconfundible. Su próximo proyecto, Polaris, lleva años gestándose en silencio, como si necesitara ese tiempo para encontrar la forma exacta de materializar una idea que, en palabras de la propia cineasta, aspira a ser su obra más ambiciosa.
La premisa es tan sencilla como perturbadora: un fotógrafo viaja hasta Alaska y, en pleno Ártico, se encuentra con el diablo. Ramsay no oculta la dimensión casi mística de la propuesta, llegando a describirla como su particular eco de 2001: A Space Odyssey. No tanto por su argumento como por su voluntad de trascender lo narrativo y adentrarse en lo sensorial, en lo simbólico, en ese territorio donde la imagen sugiere más de lo que explica.
Si el proyecto mantiene intactas sus bases iniciales, el viaje estará encabezado por Joaquin Phoenix y Rooney Mara, una pareja cuya complicidad fuera de la pantalla podría trasladarse aquí a un relato de aislamiento y confrontación interior. No sería la primera vez que Ramsay trabaja con Phoenix, y todo apunta a que volverá a explorar en él esa fragilidad contenida que tan bien encaja con su universo.
Pero Polaris no es el único frente abierto. En paralelo, la directora continúa desarrollando Stone Mattress, adaptación de un relato de Margaret Atwood, autora también de The Handmaid's Tale. Aquí el tono parece virar hacia un suspense más terrenal, aunque no menos inquietante.
En el centro de esta historia aparece Verna, una mujer que ha llegado a una edad donde el pasado pesa más que el futuro. Encarnada por Julianne Moore, su viaje en un exclusivo crucero por el Pasaje del Noroeste Ártico se convierte en algo más que una escapada de lujo. El entorno —imponente, silencioso— actúa como espejo de una calma solo aparente.
A bordo, los encuentros fortuitos empiezan a adquirir otra textura. La cordialidad de una nueva amiga, la insistencia de un hombre que no encaja del todo en su propia piel… pequeños gestos que, poco a poco, van resquebrajando la superficie. Lo que en un principio parece un entorno seguro se transforma en un espacio cargado de tensión, donde los recuerdos —y las heridas— regresan sin previo aviso.
Ramsay parece interesada, una vez más, en los pliegues más oscuros de la psicología humana, en ese punto donde la memoria se mezcla con la necesidad de ajuste de cuentas. La venganza, aquí, no estalla: se filtra, se construye en silencio, hasta adquirir una forma inevitable.
Mientras tanto, el destino industrial del proyecto sigue envuelto en incertidumbre. Cuatro años después de su anuncio, no está claro si Amazon continúa vinculada a la distribución de Stone Mattress, al menos en Estados Unidos. Una duda que contrasta con la firmeza creativa de Ramsay, que continúa avanzando en sus historias sin someterse del todo a los tiempos de la industria.
Dos proyectos, dos atmósferas distintas, pero una misma mirada: la de una cineasta que entiende el cine como una experiencia que se siente antes de comprenderse. Y que, en ese territorio incierto, encuentra su verdadera fuerza.

Joaquin Phoenix, un actor que me gusto su papel en Gladiator, pero fuera de aquí, su labor como actor no me entusiasma y no hablemos de sus peliculas salvo alguna que otra.
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