VILLANOS DE CINE
EDUARDO FAJARDO
Eduardo Martínez Fajardo (Meis, Pontevedra, 14 de agosto de 1924-Ciudad de México, 4 de julio de 2019)
Eduardo Fajardo ocupa un lugar singular en la historia del cine español: el de un actor de presencia rotunda, rostro anguloso y voz grave, especializado en personajes ásperos, villanos implacables y figuras de autoridad moralmente ambiguas. Nacido en Mequinenza en 1914, su trayectoria quedó marcada por el exilio, la guerra y una carrera internacional poco habitual para los intérpretes españoles de su generación.
Sus primeros pasos en el mundo artístico estuvieron ligados al teatro, un espacio formativo esencial para muchos actores de la época. Sin embargo, el estallido de la Guerra Civil Española alteró de manera decisiva su vida y su carrera. Fajardo combatió en el bando republicano y, tras la derrota, se vio obligado a exiliarse. Ese desplazamiento forzoso lo condujo a México, donde encontró no solo refugio, sino también una industria cinematográfica en pleno auge.
Fue en el cine mexicano donde Eduardo Fajardo consolidó su imagen interpretativa. A partir de los años cuarenta comenzó a trabajar de forma constante, convirtiéndose en un rostro habitual del cine de género, especialmente en melodramas, cine negro y producciones de aventuras. Su físico severo y su capacidad para transmitir dureza lo encasillaron con frecuencia como antagonista, pero lejos de limitarlo, ese perfil se convirtió en su principal fortaleza. Fajardo dotaba a sus villanos de una intensidad contenida, más inquietante que estridente.
Durante las décadas siguientes, su carrera adquirió una dimensión internacional. Participó en coproducciones europeas y estadounidenses, y se integró con naturalidad en el spaghetti western, un territorio donde su figura encontró un encaje perfecto. En los años sesenta y setenta trabajó en numerosas producciones rodadas en España e Italia, compartiendo reparto con estrellas internacionales y convirtiéndose en uno de los secundarios de lujo más reconocibles del género. Su sola presencia bastaba para aportar gravedad y amenaza a la pantalla.
A diferencia de otros actores de reparto, Fajardo logró construir una identidad propia. No necesitaba protagonizar las historias para dejar huella: su autoridad escénica, su mirada dura y su economía gestual le permitían dominar cada plano. Encarnó caciques, militares, pistoleros y jefes criminales con una sobriedad que evitaba la caricatura y reforzaba el realismo de sus personajes.
Con el paso del tiempo, regresó de forma más estable al cine español, participando en producciones que abarcaban desde el cine histórico hasta el policiaco. Aunque nunca fue una estrella mediática, su prestigio profesional fue constante y transversal, respetado por directores, compañeros y público.
Eduardo Fajardo falleció en 2019, dejando tras de sí una filmografía extensa y coherente, marcada por la solidez interpretativa y la fidelidad a un tipo de cine popular, directo y eficaz. Su legado permanece como el de un actor forjado en la adversidad, capaz de convertir la dureza de su biografía en una herramienta expresiva al servicio de la pantalla.



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