MARIANO DIEZ TOBAR, EL VERDADERO INVENTOR DEL CINE.

 MARIANO DIEZ TOBAR, EL VERDADERO INVENTOR DEL CINE.

La historia del cine suele escribirse con nombres grabados en mármol. El de los hermanos Lumière ocupa, desde hace más de un siglo, un lugar privilegiado como el de los supuestos “padres” del séptimo arte. Fueron ellos quienes patentaron en 1895 el cinematógrafo y lo mostraron al mundo. Pero como ocurre con frecuencia en la historia de la ciencia, el relato oficial es más cómodo que completo. Antes de que Francia reclamara la cuna del cine, un sacerdote burgalés ya había imaginado —y descrito con precisión— una máquina capaz de capturar la vida en movimiento.

Mariano Díez Tobar nació en 1868 en Tardajos, en una familia humilde dedicada al campo. Muy joven abrazó la vida religiosa, pero nunca abandonó una curiosidad científica que lo acompañaría hasta el final de sus días. Matemático, físico e inventor autodidacta, fue una mente adelantada a su tiempo, aunque condenada al olvido. Mientras otros protegían celosamente sus ideas, él optó por compartirlas sin reservas, sin preocuparse por patentes ni reconocimientos.

Ya a finales del siglo XIX, Díez Tobar reflexionaba públicamente sobre lo que hoy identificaríamos sin dificultad como el cinematógrafo. En conferencias impartidas antes de la famosa patente de los Lumière, describía un aparato capaz de reproducir imágenes “al vivo”, con movimiento, color y una sensación de realidad asombrosa para la época. No se limitaba a teorizar: ofrecía permiso explícito para que cualquiera llevase a la práctica sus ideas.

Ese gesto, generoso y fatal, pudo sellar su destino. Según diversas fuentes, entre los asistentes a una de esas conferencias se encontraba un ingeniero francés vinculado a los Lumière, quien habría trasladado rápidamente el concepto a París. Años después, el propio Louis Lumière habría mantenido contacto personal con el sacerdote y lo habría invitado a una de las primeras proyecciones cinematográficas en España. Demasiado tarde para cambiar la historia oficial.

La figura de Díez Tobar ha sido objeto de reivindicaciones puntuales: placas conmemorativas, menciones institucionales y elogios tardíos que, aun bienintencionados, parecen insuficientes para alguien cuya contribución al progreso científico fue tan amplia como silenciosa. Porque el cinematógrafo no fue su única idea. A lo largo de su vida desarrolló más de una docena de inventos que nunca patentó: desde una máquina capaz de convertir la voz en texto —un precedente remoto del dictado digital— hasta un reloj que se cargaba con el sonido y el movimiento de las personas.

Algunas de esas ideas terminaron siendo explotadas por terceros con su consentimiento. Otras se perdieron para siempre. En Villafranca del Bierzo impulsó la creación de laboratorios científicos con miles de muestras, hoy convertidos en museo, aunque buena parte de sus originales fueron destruidos. Su espíritu inquieto y poco convencional le granjeó incluso acusaciones de herejía dentro de su propia orden, lo que provocó su traslado a Madrid, donde murió en 1926.

Hubo un tiempo en que Mariano Díez Tobar era una figura respetada en los círculos científicos. Hoy, su nombre apenas sobrevive en notas a pie de página y en esfuerzos aislados por rescatarlo del olvido. La historia del cine siguió adelante sin él, pero quizá convendría recordar que, antes de que las imágenes empezaran a moverse oficialmente en una pantalla francesa, alguien en un pequeño pueblo de Burgos ya había imaginado cómo darles vida.



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