LOS DOS MEJORES WESTERNS DE CLINT EASTWOOD SEGÚN EL MISMO.

 LOS DOS MEJORES WESTERNS DE CLINT EASTWOOD SEGÚN EL MISMO.

Hay cineastas que pasan a la historia por los mitos que encarnan. Y luego está Clint Eastwood, que ha dedicado buena parte de su carrera a desmontar el suyo propio.

Cuando se piensa en su relación con el western, la memoria colectiva viaja de inmediato al desierto polvoriento de la trilogía del dólar, al poncho, al cigarro torcido y a esa mirada entornada que definió una época. Pero si uno atiende a las propias palabras del director, el mapa cambia. Sus westerns predilectos como realizador no son los más celebrados por la taquilla ni los que alimentaron su leyenda de pistolero imbatible, sino aquellos en los que el mito comienza a resquebrajarse desde dentro: El fuera de la ley y Sin perdón.

En la segunda, quizá la más reverenciada por la crítica, no hay rastro de romanticismo. William Munny no es un héroe; es un hombre cansado, un viudo que arrastra un pasado sucio y que acepta un último trabajo por pura necesidad. Cada disparo pesa. Cada muerte deja una huella moral imposible de borrar. El sheriff, el forajido, los aspirantes a leyenda… todos quedan expuestos bajo una luz implacable que revela la banalidad y la brutalidad de la violencia. No es casual que la película terminara alzándose con cuatro premios Óscar, incluidos los de mejor película y mejor dirección: más que un regreso al género, era su autopsia definitiva.

Sin embargo, dieciséis años antes, Eastwood ya había comenzado ese desmontaje en El fuera de la ley. Ambientada tras la Guerra Civil estadounidense, la historia de Josey Wales arranca con una herida irreparable: el asesinato de su familia. Lo que podría haber sido una narración de venganza clásica se transforma en otra cosa. El viaje del protagonista no es solo geográfico; es el tránsito de un hombre devastado que, convertido en forajido, carga con un resentimiento que lo devora. Aquí el Oeste no es territorio de conquista, sino paisaje emocional. La violencia no engrandece, endurece. No glorifica, deforma.

Vista en perspectiva, la elección de estas dos obras revela más sobre Eastwood que cualquier estadística de taquilla. Entre 1976 y 1992 hay un arco creativo que va de la revisión íntima al ajuste de cuentas total con el género. En ambas películas el héroe es también víctima; el pistolero, un hombre vulnerable; la leyenda, una construcción frágil sostenida por relatos interesados.

Lo fascinante es que Eastwood, que ayudó a fijar la iconografía del western moderno, prefiera reivindicar precisamente las películas que cuestionan esa iconografía. Es como si dialogara con su propia sombra, con aquel Hombre sin Nombre que lo convirtió en icono, para recordarnos que el Oeste —como el cine— está hecho tanto de balas como de silencios, tanto de hazañas como de cicatrices.

Quizá por eso su elección desconcierta a algunos. Porque en lugar de celebrar el mito que lo consagró, prefiere subrayar las grietas. Y en esas grietas, más humanas y menos heroicas, es donde su cine alcanza una verdad más incómoda… y también más duradera.



Comentarios

  1. Con El fuera de la ley, de los dirigidos por Eastwood, si que estoy de acuerdo, sin embargo con Sin perdón, lo siento, pero como que no, y eso que la volví a ver el otro día, para ver si el tiempo me había hecho cambiar de opinión, y sigo diciendo que es el peor western de los dirigidos por Eastwood y de los que ha interpretado. Me encanta el western, y este largometraje desmitifica todo el cine del oeste que me he tragado hasta el presente. Bueno hay que decir que si comparamos Sin perdón con los westerns que nos están llegando en la presente década es una joyita. jejeje!!!; porque no se cual es peor.

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