LA PELICULA NOMINADA AL OSCAR QUE HA HECHO LLORAR AL MISMISIMO JAMES CAMERON.
Hay momentos en los que el espectáculo se queda en silencio y el cine vuelve a su forma más íntima. Eso fue lo que ocurrió cuando James Cameron, arquitecto de epopeyas como Titanic, Avatar o Terminator, confesó haber llorado varias veces viendo Hamnet. No una vez, sino dos. La revelación llegó en una charla pública en el Aero Theatre, durante un encuentro con su directora, Chloé Zhao. El contraste era evidente: el creador de universos gigantescos conmovido por una historia mínima, tejida sin artificios.La sorpresa fue mutua. Zhao respondió que ella también había llorado con una película de Cameron, precisamente con Terminator, una confesión que parecía improbable pero que revelaba algo profundo: la emoción no depende del tamaño del relato, sino de su verdad. La conversación, pensada como entrevista, se transformó en un diálogo entre dos sensibilidades distintas que reconocían el mismo misterio.
Cameron habló de empatía como el talento esencial de Zhao, ese don de escuchar a los personajes antes de juzgarlos. Ella respondió con humildad: contar historias, dijo, es una alquimia nacida de aquello que no sabemos resolver en la vida. La película, basada en la novela de Maggie O’Farrell, no mira a William Shakespeare como monumento cultural, sino como padre y esposo. La muerte de su hijo Hamnet en 1596 se convierte en un retrato del duelo cotidiano, de los silencios que pesan más que las palabras.
Quizá por eso Cameron se emocionó. Porque en un cine acostumbrado a rugir, Zhao eligió susurrar. Y en ese susurro, sin batallas ni efectos, encontró la intensidad que a veces solo aparece cuando la pantalla se atreve a mirar de frente al dolor humano. Porque el cine, al final, no vive en la escala de sus imágenes, sino en la huella invisible que deja en quien lo contempla.

Ya comentare cuando la vea si toca tanto la fibra sensible.
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