LA ANTIDIETA QUE SIGUIO TOM CRUISE PARA PODER PROTAGONIZAR "RISKY BUSINESS".
Antes de que Tom Cruise se convirtiera en sinónimo de acrobacias imposibles y riesgo extremo, hubo un momento mínimo, casi doméstico, que lo definió para siempre: un chico solo en casa, deslizándose por el salón en calcetines, camisa blanca y calzoncillos. Aquella escena de Risky Business no solo capturó el espíritu de los años 80; construyó un icono sin que nadie pareciera darse cuenta en ese instante.Lo curioso es que detrás de esa ligereza había disciplina y cálculo. Para encajar en el personaje de Joel Goodsen, Cruise tuvo que modificar su físico de una forma poco habitual en Hollywood. Nada de ganar músculo ni endurecer la silueta. Al contrario. Paul Brickman, el director, consideraba que el actor resultaba demasiado adulto para el papel, con facciones ya muy marcadas. La solución fue casi paradójica: abandonar el gimnasio y entregarse a una dieta hipercalórica a base de hamburguesas, patatas fritas, batidos y dulces. El objetivo no era engordar, sino suavizar el rostro, recuperar cierta redondez adolescente y parecer más vulnerable, más cercano al chico acomodado que la historia necesitaba.
Ese contraste —entrenar para estilizar el cuerpo y luego engordar deliberadamente la cara— acabó formando parte del mito temprano de Cruise, un actor dispuesto a moldearse incluso antes de que la palabra “transformación” se pusiera de moda en la industria.
Mientras la película se rodaba, el fuera de campo también aportaba su propia tensión. Cruise y Rebecca De Mornay iniciaron una relación durante el rodaje, algo que no pasó desapercibido en un set donde también estaba presente Harry Dean Stanton, entonces pareja de la actriz. No hubo escándalos públicos, pero sí una atmósfera cargada de silencios, miradas y comentarios a media voz.
En pantalla, Risky Business disfrazaba de comedia juvenil una mirada bastante más ácida sobre la América del éxito. Joel es el estudiante ejemplar que, ante la ausencia de sus padres, cruza una línea tras otra: fiestas, decisiones impulsivas, un coche deportivo prestado y la sensación de que todo tiene un precio. Bajo el humor y la música pop, la película hablaba del miedo a fallar y de la presión de cumplir expectativas heredadas.
La escena del baile, emblema absoluto del filme, nació sin una coreografía cerrada. Cruise improvisó, jugó con el espacio y convirtió un gesto espontáneo en algo eterno. No fue tan fácil como parece: el actor confesó años después que tuvo problemas para detenerse en el centro del plano, hasta que alguien del equipo roció el suelo con un spray ligeramente pegajoso que le permitió “aterrizar” justo donde la cámara lo necesitaba.
El efecto fue inmediato y duradero. Risky Business lanzó a Cruise al primer plano de Hollywood y le valió su primera nominación al Globo de Oro. A partir de ahí, llegaron Top Gun, Rain Man, Jerry Maguire y, con el tiempo, la construcción de una estrella obsesionada con hacerlo todo por sí misma: colgarse de aviones, trepar rascacielos o pilotar helicópteros frente a la cámara.
Pero todo empezó ahí, en un salón vacío, con unos calcetines deslizándose sobre el suelo y un actor joven que, sin saberlo, acababa de bailar hacia la historia del cine.

Una comedia bastante mala que solo se sostiene por la presencia de Rebecca de Mornay; y que buen ojo tenía Harry Dean Stanton en elegir parejas.
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