EL OJO CRITICO
HAMNET (2025)
REPARTO: JESSICA BUCKLEY, PAUL MESCAL, JACOBI JUPE, JOE ALWYN, EMILY WATSON, NOAH JUPE, DAVID WILMOT, JACK SHALLOO, FAITH DELANEY, LAURA GUEST, SAM WOOLF, BODHI RAE BREATHNACH, ELLIOT BAXTER
DIRECTOR: CHLOE ZHAO
MÚSICA: MAX RICHTER
PRODUCTORA: UNIVERSAL PICTURES, FOCUS FEATURES
DURACIÓN: 126 min.
PAÍS: REINO UNIDO, ESTADOS UNIDOS
El cine de Chloé Zhao siempre ha mirado a sus personajes como quien escucha un secreto. En Hamnet, esa escucha se convierte en el centro mismo de la experiencia: no se trata de explicar la pérdida, sino de acompañarla. La película entiende que el arte existe, ante todo, para dar forma a lo innombrable, para sostener aquello que la vida rompe sin previo aviso.
Inspirada en la novela de Maggie O’Farrell, la historia observa a dos seres que se aman desde extremos opuestos. Agnes habita el mundo desde lo instintivo, casi pagano, vinculada a la naturaleza y a una intuición heredada que la conecta con todo lo vivo. Frente a ella, William Shakespeare aparece como un hombre racional, atrapado en su propia incapacidad para nombrar el dolor que siente. La tragedia no irrumpe como un golpe aislado, sino como una presencia persistente que se instala en los gestos cotidianos, en el silencio de la casa, en la memoria de los cuerpos.
Zhao filma el duelo como un proceso que se filtra en el tiempo. No hay respuestas, solo formas de continuar. El sufrimiento se mezcla con una tenue esperanza de redención, como si el arte fuera la única vía para reconciliarse con la fragilidad humana. En ese tránsito, la Agnes de Jessie Buckley se vuelve el corazón palpitante del film: su interpretación convoca un dolor tangible, íntimo, sin artificios. A su lado, Paul Mescal compone un Shakespeare contenido, refugiado en su silencio, coherente con un hombre incapaz de verbalizar su miedo a la insignificancia.
La fotografía de Łukasz Żal sostiene la emoción con un naturalismo delicado: la luz parece respirar con los personajes, los paisajes abiertos dialogan con la intimidad de las estancias, y cada encuadre convierte el dolor en una imagen serena. La película hipnotiza desde esa conjunción entre lo visual, lo interpretativo y lo narrativo, entendiendo el arte como un lugar donde la pérdida se transforma en memoria.
Salir de Hamnet deja la sensación de haber presenciado algo profundamente íntimo. No una tragedia monumental, sino un susurro persistente que atraviesa el nacimiento, la muerte y todo lo que queda entre ambos. Zhao no busca consuelo fácil, sino una verdad sencilla: que el arte, cuando nace del dolor, puede convertir la herida en legado. Y en esa transformación silenciosa reside la belleza más honesta del cine.


Dicen que cuando James Cameron vio proyectada está película lloró, sin embargo en Ian McKellen, le provocó indiferencia, pues bien yo me encuentro en este segundo grupo. La cinta se desarrolla en tres actos, el primero es un film romántico donde hay rechazo por parte de los progenitores a la unión de los dos protagonistas, un acto central en que vemos como afecta a la familia de los protagonistas una pandemia de peste negra, y el tercer acto es un dramón en toda regla sobre el sentimiento de dolo y el rechazo al otro miembro de la pareja. Los protagonistas no consiguen conectar, actúan como si estuvieran dentro de una obra de teatro y por postre hay total frialdad a la hora de contar la historia, incluso provoca aburrimiento; y para rematar la cosa, vemos personas negras entre la aristocracia y entre el pueblo llano, cosa que en aquella época dudo mucho que hubieran en la Inglaterra de aquellos momentos. En fin, prescindible.
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