EL TEMOR DE JAMES CAMERON: CUANDO EL STREAMING AMENAZA LOS TEMPLOS DEL CINE.
Para James Cameron, el cine no es solo una industria: es un ecosistema frágil que depende de equilibrios invisibles. Por eso, ante la hipotética compra de Warner Bros. Discovery por parte de Netflix, el director ha alzado la voz con una claridad poco habitual en un Hollywood acostumbrado a la diplomacia corporativa.En una carta dirigida al senador Mike Lee, presidente del subcomité antimonopolio del Senado estadounidense, Cameron advertía de lo que considera un desenlace peligroso para el cine tal y como lo conocemos. No hablaba desde la nostalgia, sino desde la experiencia de alguien que ha construido su carrera en torno al espectáculo concebido para la gran pantalla. «Mi primer amor es el cine», escribió, subrayando que la lógica del streaming —centrada en la suscripción y el consumo doméstico— entra en conflicto directo con el modelo tradicional de producción y exhibición cinematográfica.
El argumento del realizador es sencillo y, a la vez, inquietante. Si los grandes estudios se integran en plataformas cuyo negocio principal no depende de las salas, el número de superproducciones pensadas para estrenarse en cines podría reducirse drásticamente. Y con ello, sostiene Cameron, llegaría una reacción en cadena: menos estrenos, menos público, cierre de salas, reducción de empleo y un debilitamiento progresivo del tejido industrial que ha sostenido a Hollywood durante décadas.
Para el autor de la saga Avatar, la cuestión no es solo económica. También es cultural. Un gigante como Warner —uno de los últimos estudios clásicos capaces de producir decenas de largometrajes al año— representa diversidad de miradas, competencia creativa y oportunidades para cineastas emergentes. Absorbido por un modelo orientado al catálogo digital, teme Cameron, ese pluralismo podría diluirse, reduciendo las opciones tanto para el público como para los propios creadores.
En su carta, incluso dejó caer una metáfora cargada de ironía, recordando su relación con los barcos en Titanic: algunas decisiones, dijo, son irreversibles una vez tomadas. Y si el rumbo cambia demasiado, el sistema puede acabar hundiéndose.
Desde el lado político, Lee confirmó haber recibido comunicaciones similares de actores y profesionales del sector, y expresó su intención de seguir investigando el posible impacto de la operación. No es solo una disputa corporativa, sino una discusión sobre el futuro de una industria que emplea a cientos de miles de personas y que, además, sigue siendo uno de los principales vehículos culturales de Estados Unidos en el mundo.
Quizá lo que inquieta a Cameron no sea la existencia del streaming —inevitable en la era digital—, sino la posibilidad de que la concentración empresarial convierta el cine en un producto residual dentro de plataformas diseñadas para el consumo rápido. En su mirada late una idea clara: el cine necesita diversidad de estudios, competencia de modelos y, sobre todo, salas llenas de espectadores compartiendo la oscuridad.
Porque cuando la luz del proyector se apaga para siempre, lo que desaparece no es solo un negocio. Es una forma de imaginar el mundo juntos.
No le falta razón en ello, pero creo que también es por una falta de ideas, un exceso de remakes inútiles, por unos directores que les importa un pimiento al espectador, el cine se ha convertido de un espectáculo para todos los gustos, a un cine para los amantes del cine de autor.
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