EL HOMBRE DE MIMBRE (1973)

 EL CINE DE LOS AÑOS 70.



EL HOMBRE DE MIMBRE (1973)
REPARTO: CHRISTOPHER LEE, EDWARD WOODWARD, BRITT EKLAND, INGRID PITT, DIANE CILENTO, LESLEY MacKIE, WALTER CARR, LINDSAY KEMP, AUBREY MORRIS, RUSSELL WATERS, JOHN HALLAM, ROSS CAMPBELL, IRENE SUNTERS
DIRECTOR: ROBIN HARDY
MÚSICA: PAUL GIOVANNI
PRODUCTORA: BRITISH LION FILM CORPORATION
DURACIÓN: 93 min.
PAÍS: REINO UNIDO
Durante demasiado tiempo, The Wicker Man permaneció en una zona injusta de penumbra, como una rareza incómoda dentro del cine de terror. Hoy, sin embargo, su estatus ha cambiado: cada vez resulta más evidente que estamos ante una de las obras mayores del género, una película que no se agota en el impacto final, sino que despliega múltiples capas de lectura que siguen dialogando con el espectador décadas después.

Más allá de su etiqueta genérica, el film se articula como un relato sobre el enfrentamiento entre visiones del mundo irreconciliables. En el centro de su propuesta late un conflicto tan antiguo como la humanidad: la imposibilidad de entendimiento entre culturas que se observan mutuamente desde la convicción de poseer la verdad. Hardy convierte esa fricción en una reflexión incómoda sobre el etnocentrismo, el relativismo cultural y los límites de nuestra tolerancia ante prácticas ajenas que nos resultan perturbadoras o incomprensibles. ¿Hasta dónde llega la libertad y en qué punto se transforma en libertinaje? ¿Quién decide dónde se traza esa línea?

El viaje comienza con un tono que remite de inmediato a la literatura de H. P. Lovecraft, no por la presencia de lo sobrenatural, sino por la atmósfera de inquietud progresiva. Como en La sombra sobre Innsmouth o El ceremonial, el horror nace de la sospecha, de la certeza de que algo no encaja del todo. Summerisle se presenta como un territorio suspendido, aislado no solo geográficamente, sino también en lo moral y lo simbólico, un lugar donde las normas conocidas parecen haber sido sustituidas por otras más antiguas y desconcertantes.

La narración avanza a través de una figura intrusa, un cuerpo extraño que irrumpe en ese microcosmos cerrado. La mirada del sargento Howie, profundamente ortodoxa y religiosa, actúa como catalizador del extrañamiento. Cada encuentro con los habitantes de la isla refuerza la sensación de desajuste, de choque frontal entre dos sistemas de creencias que no comparten un lenguaje común. Esa incomodidad constante es, en buena medida, la fuente de la fascinación que ejerce la película.

Uno de los elementos más brillantes del film es el uso de la música. Las canciones, de melodías amables y casi festivas, funcionan como un vehículo narrativo esencial. Bajo su aparente ligereza se esconden letras provocadoras y cargadas de significado, que revelan poco a poco la cosmovisión pagana de Summerisle y su relación con la naturaleza, el sexo y la muerte. La música no suaviza el horror; lo disfraza, lo hace más perturbador.

En el fondo, The Wicker Man propone una lectura compleja sobre la religión como necesidad humana. Por un lado, se muestra como un refugio emocional, una estructura que ofrece sentido y consuelo. Por otro, se revela como una fuerza capaz de justificar la intolerancia y la violencia cuando se convierte en dogma absoluto. Robin Hardy no se limita a señalar a una de las partes: enfrenta el paganismo ritualista de la isla con el puritanismo inflexible de Howie para evidenciar los peligros de ambos extremos.

Si bien la película parece inclinar la balanza contra la rigidez moral del sargento —presentado a menudo como una figura casi ridícula en su obstinación—, también deja entrever que esa misma convicción, trasladada a otro tiempo y contexto, habría podido alimentar sin dificultad cualquier proceso inquisitorial. En ese equilibrio incómodo, The Wicker Man encuentra su verdadera grandeza: no en ofrecer respuestas, sino en obligarnos a mirar de frente nuestras propias certezas.


Comentarios

  1. Existe un remake con Nicolas Cage de protagonista, pero no llega a la altura de este film que es un excelente retrato del mundo de las sectas, sus lideres y sus siervos.

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