EL AGENTE DE THIMOTHEE CHALAMET PROVOCO EL DISTANCIAMIENTO DE ESTE CON WOODY ALLEN.
En plena sacudida del movimiento #MeToo, cuando Hollywood revisaba alianzas pasadas y tomaba posiciones públicas a toda velocidad, Timothée Chalamet quedó atrapado en una de esas decisiones que rara vez son tan simples como parecen. Años después, correos electrónicos fechados en 2018 revelan que el actor vivió aquel episodio con profundo malestar personal, hasta el punto de sentirse “enfermo” por la forma en que se gestionó su relación profesional con Woody Allen.En aquel momento, Chalamet anunció que donaría íntegramente su salario de Día de lluvia en Nueva York a organizaciones como Time’s Up, el LGBT Center de Nueva York y RAINN. El gesto fue interpretado como una toma de distancia ética respecto al cineasta, justo cuando las acusaciones de abuso sexual contra Allen regresaban al centro del debate público tras la publicación del artículo de Dylan Farrow en Los Angeles Times. El contexto mediático era explosivo y cualquier matiz parecía imposible.
Sin embargo, la situación adquiere ahora una lectura distinta a raíz de la publicación masiva de documentos vinculados a Jeffrey Epstein por parte del Departamento de Justicia de Estados Unidos. Entre ese material aparece un correo electrónico enviado por Peggy Siegal, entonces publicista de Chalamet, en el que describe al actor como “destrozado” por lo ocurrido y afirma que fue “forzado” por sus agentes a adoptar esa postura pública ante la presión externa.
Según Siegal, la prioridad del entorno del actor era clara: proteger su campaña al Oscar por Call Me by Your Name y evitar que la conversación mediática girara de forma constante en torno a su colaboración con Woody Allen. En ese tablero, Chalamet —con apenas 22 años— habría sido tratado como una pieza estratégica más, sacrificando su incomodidad personal en favor de una narrativa pública controlada. La publicista subraya que el actor estaba “genuinamente afectado” y atrapado en una dinámica que lo superaba.
En su comunicado de entonces, publicado en Instagram, Chalamet reconocía que no podía explicar en detalle su decisión por motivos contractuales, aunque insistía en algo fundamental: no quería beneficiarse económicamente de la película. El mensaje transmitía convicción moral, pero también una evidente contención, como si hubiera más detrás de lo que podía decirse en voz alta.
Woody Allen, por su parte, nunca ocultó su enfado. A lo largo de los años ha criticado tanto a Chalamet como a Greta Gerwig por haberse distanciado públicamente de él. En 2025, durante una entrevista en el pódcast Club Random de Bill Maher, el director volvió a la carga, asegurando que ambos “creen que están haciendo algo honorable, pero no lo están”. Una idea que ya había expresado en sus memorias A propósito de nada, donde llegó a sugerir que la donación del salario respondía a un cálculo ligado a la temporada de premios.
Lo que emerge ahora no es tanto un ajuste de cuentas como el retrato de una industria que, en momentos de crisis, empuja a sus intérpretes más jóvenes a decisiones binarias, sin espacio para la duda, el matiz o la contradicción. El caso de Timothée Chalamet ilustra hasta qué punto, en Hollywood, la moral pública y la estrategia profesional pueden entrelazarse de forma incómoda, dejando cicatrices que solo afloran cuando el ruido mediático ya se ha disipado.

El caso de este muchachito me recuerda al caso de Elvis Presley, ya que ambos estaban claramente influenciados por sus respectivos managers.
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