UN JUEGO DE TRES (2025)

 EL OJO CRITICO

UN JUEGO DE TRES (2025)
REPARTO: ZOEY DEUTCH, JONAH HAUER-KING, RUBY CRUZ, JABOUKIE YOUNG-WHITE, JOSH SEGARRA, ROBERT LONGSTREET, ARDEN MYRIN, KRISTIN SLAYSMAN, ALLAN McLEOD, JULIA SWEENEY, TOMMY DO
DIRECTOR: CHAD HARLIGAN
MÚSICA: KEEGAN DeWITT
PRODUCTORA: SIGNATURE ENTERTAINMENT
DURACIÓN: 107 min.
PAÍS: ESTADOS UNIDOS
Un juego de tres (2025) se mueve con comodidad en una zona intermedia poco ambiciosa pero honesta: la de una comedia romántica que, sin renunciar a los códigos del género, se permite asomarse al drama emocional propio de las relaciones contemporáneas. No busca epatar ni sentar cátedra, y precisamente ahí reside parte de su acierto. La película entiende que no todas las historias necesitan una vocación trascendental para resultar pertinentes; a veces basta con observar con atención cómo una elección aparentemente inocua puede alterar un equilibrio vital entero.


Lejos de ofrecer respuestas cerradas, el filme plantea sus conflictos desde la ambigüedad. Las dinámicas afectivas no convencionales se muestran sin idealización ni condena, como una realidad posible que puede funcionar para algunos y resultar profundamente desestabilizadora para otros. En ese cruce entre deseo, expectativa y consecuencia, la cinta encuentra su principal motor narrativo. La fantasía romántica choca inevitablemente con la experiencia, y lo que en un primer momento parece liberador acaba revelando capas de responsabilidad emocional que no todos están preparados para asumir.

El relato avanza a través de cambios de tono bien dosificados. Comienza con una ligereza sensual que fluye con naturalidad, se desliza después hacia terrenos más románticos y acaba abrazando un drama que, aunque introduce giros algo enfáticos, los utiliza como herramienta expresiva más que como simple artificio. No hay ruptura tonal ni sensación de desequilibrio; al contrario, la película consigue integrar estas mutaciones como parte orgánica del crecimiento de sus personajes. Madurar, parece decir, no es elegir bien, sino aprender a vivir con aquello que se ha elegido.

En lo formal, Un juego de tres opta por una puesta en escena sobria, funcional, sin grandes alardes visuales. La cámara rara vez reclama protagonismo, aunque sabe acompañar con precisión ciertos momentos emocionales clave, evidenciando una intención narrativa clara incluso en su contención estética. Esa discreción técnica refuerza el carácter íntimo del relato, permitiendo que el peso recaiga en los intérpretes.

Es precisamente el reparto uno de los pilares más sólidos del conjunto. Todos los actores sostienen con solvencia las transiciones entre comedia y drama, aportando verosimilitud a situaciones que podrían haber derivado en caricatura. Gracias a esa naturalidad interpretativa, la película mantiene su equilibrio y evita caer en excesos melodramáticos o humorísticos.

Sin grandes pretensiones ni deseos de reinventar el género, Un juego de tres (2025) se presenta como una propuesta modesta, consciente de sus límites y cómoda dentro de ellos. Su valor no está en la originalidad radical, sino en la claridad con la que observa el presente emocional de sus personajes. En esa sencillez bien medida encuentra una voz propia: la de una película que sabe exactamente lo que quiere contar y no aspira a ser más de lo que es.




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