STANLEY KUBRICK, "BARRY LYNDON" Y LA NASA.

 STANLEY KUBRICK, "BARRY LYNDON" Y LA NASA.

Hay películas que no parecen filmadas, sino iluminadas. Barry Lyndon pertenece a esa categoría casi imposible, en la que la cámara deja de registrar el mundo para reinterpretarlo con la paciencia de un pintor. Medio siglo después de su estreno, su regreso puntual a las salas españolas no es un simple gesto conmemorativo, sino una invitación a volver a mirar. Porque pocas obras han entendido la imagen cinematográfica como un lienzo en movimiento con tanta precisión y riesgo.

La historia que narra —ascensos sociales, ambición y decadencia— termina siendo secundaria frente a la experiencia visual que propone. Stanley Kubrick lo sabía desde el inicio: esta no sería una adaptación literaria al uso, sino una inmersión en un universo donde la luz define tanto a los personajes como sus silencios. En esos salones aristocráticos, amplios y opulentos, la oscuridad no es un defecto técnico, sino un reflejo moral. La sordidez se filtra por cada rincón, suavizada apenas por el temblor de una vela.

Nada de esto habría sido posible sin el trabajo de John Alcott, un director de fotografía que comprendió que el reto no consistía solo en iluminar, sino en hacerlo sin traicionar la época. Rodar escenas enteras únicamente con luz de velas era una herejía técnica en los años setenta, una idea destinada al fracaso según cualquier manual de producción. Pero Kubrick nunca filmó siguiendo manuales. Cuando la tecnología disponible no servía a su visión, simplemente la buscaba en otro lugar.

Y ese lugar fue, de forma casi irónica, la NASA. Los objetivos Zeiss Planar, diseñados originalmente para captar imágenes en la penumbra lunar, acabaron integrados en cámaras cinematográficas gracias a una adaptación casi artesanal. El resultado fue una imagen de profundidad insólita, donde cada rostro parece esculpido por la luz y cada encuadre respira como una pintura del siglo XVIII. No es extraño que muchos hayan intentado imitar ese estilo; lo verdaderamente revelador es que nadie haya logrado replicarlo.

Años después, cuando el cine comercial presume de su capacidad para mostrarlo todo, Barry Lyndon sigue recordándonos que ver no es iluminar en exceso, sino saber cuándo dejar que la oscuridad hable. Kubrick no solo filmó una película histórica: dejó una lección definitiva sobre la relación entre técnica, mirada y tiempo.



Comentarios

  1. Para mi lo mejor de esta pelicula es su fotografía y puesta en escena, el resto se me hizo muy cargante.

    ResponderEliminar

Publicar un comentario