ROBIN WILLIAMS Y "LA LISTA DE SCHINDLER".
Pocas veces una obra maestra nace desde la duda. Y, sin embargo, La lista de Schindler comenzó precisamente ahí, en la resistencia íntima de Steven Spielberg a enfrentarse a una historia que sentía demasiado grande, demasiado dolorosa, demasiado ajena a sus propias certezas como cineasta. Tenía los derechos, conocía el relato, pero durante mucho tiempo no se vio capaz de ponerse tras la cámara. Intentó ceder el proyecto a otros directores. Ninguno quiso asumirlo. Al final, no hubo escapatoria: tuvo que hacerlo él.El resultado acabaría convirtiéndose en una de las películas más celebradas de las últimas décadas, un referente absoluto en la representación cinematográfica del Holocausto y una obra coronada por un aluvión de premios Oscar. En España, hoy puede verse en Filmin. Pero nada de eso mitiga la crudeza del proceso. Rodada el mismo año que Parque Jurásico, La lista de Schindler fue, paradójicamente, la película que Spielberg menos disfrutó filmando. Entre toma y toma, necesitaba refugiarse en algo que le devolviera una mínima sensación de normalidad. A veces lo hacía viendo episodios de Seinfeld, la sitcom que arrasaba entonces, como si el humor cotidiano pudiera limpiar, aunque fuera por unos minutos, el peso de lo que acababa de reconstruir con su cámara.
El ambiente en el rodaje era asfixiante. El equipo convivía a diario con imágenes, testimonios y recuerdos que desdibujaban la frontera entre ficción y realidad. Muchos habían hablado con supervivientes; otros, como Ralph Fiennes, se sumergieron hasta extremos casi obsesivos en la documentación. El horror no se representaba: se respiraba. En ese contexto, una figura ajena al plató acabaría siendo decisiva.
Robin Williams no aparece en los créditos. No fue considerado para ningún papel. Ni siquiera visitó el set. Y, sin embargo, su presencia fue real. Mientras trabajaba en otros proyectos, supo que Spielberg estaba pasando por uno de los momentos más duros de su carrera. Lo llamó por teléfono. Aquella primera conversación derivó, casi sin transición, en un monólogo cómico improvisado. Y después en una rutina. Ambos acordaron llamarse una vez por semana, siempre a la misma hora.
Spielberg lo recordaría años más tarde, en el Festival de Tribeca, ya después de la muerte de Williams, una de las más sentidas en Hollywood. “Robin sabía por lo que yo estaba pasando”, explicó. Durante quince minutos, al otro lado del teléfono, Williams desplegaba toda su capacidad para la comedia, buscando una sola cosa: hacerle reír hasta las lágrimas. Cuando lo conseguía, colgaba. Sin despedidas. Sin solemnidad. Así era él.
La lista de Schindler nació del miedo, del agotamiento emocional y de una responsabilidad casi insoportable. Pero también de pequeños gestos invisibles, de amistades que sostienen cuando el cine deja de ser solo cine. Y quizá por eso, más allá de premios y reconocimientos, sigue siendo una película que duele… y que importa.

Robin Williams era una gran persona, fue unas lastima su desaparición y el poco apoyo que recibió en sus malos momentos. Lo dio todo y el no recibió nada.
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