PANICO EN LOS EMPRESARIOS DE LAS SALAS DE CINE POR LA ADQUISICION DE WARNER BROS POR PARTE DE NETFLIX.

 PANICO EN LOS EMPRESARIOS DE LAS SALAS DE CINE POR LA ADQUISICION DE WARNER BROS POR PARTE DE NETFLIX.

Que Netflix eligiera el final de Stranger Things como carta de presentación para un estreno simultáneo en salas no fue un gesto inocente ni una simple operación de marketing. Se trataba de un movimiento calculado, casi simbólico, alrededor de una de las series que mejor definen la identidad de la plataforma. Un acontecimiento diseñado para marcar territorio, para recordar su peso cultural… y también para poner a prueba a la exhibición tradicional.

El resultado, al menos en términos de taquilla, fue contundente: 30 millones de dólares recaudados en cines estadounidenses durante el periodo de Año Nuevo, superando incluso a Avatar: Fuego y ceniza, que se quedó en 23 millones. Lo verdaderamente llamativo no es la cifra, sino el detalle menos visible: Netflix no ingresó ni un solo dólar de esa recaudación. Todo formaba parte de un acuerdo de concesiones a los exhibidores, una suerte de gesto conciliador, interpretado por Deadline como una “rama de olivo” y, al mismo tiempo, como un experimento para medir la temperatura del mercado.

El contexto no puede ser más delicado. Netflix está a punto de completar la adquisición de Warner Bros., adelantándose a la oferta de Paramount Skydance y agitando un avispero que llevaba tiempo inquieto. La gran pregunta, desde que se anunció la operación, ha sido siempre la misma: ¿qué lugar ocuparán las salas en el nuevo ecosistema que diseñe Ted Sarandos? Porque, no conviene olvidarlo, Netflix nunca ha considerado la exhibición tradicional como una prioridad estratégica.

Las declaraciones oficiales han sido tranquilizadoras, al menos en apariencia. Sarandos aseguró en su momento un compromiso “del 100%” con los estrenos de Warner en cines y con las ventanas habituales de la industria. Palabras medidas, pero poco convincentes. Ahora, tras el éxito mediático del experimento Stranger Things, empiezan a circular informaciones que apuntan a una intención mucho más agresiva: reducir la permanencia en salas de las películas de Warner a apenas 17 días.

Para los exhibidores, ese escenario es directamente devastador. No solo porque dinamita el modelo de negocio, sino porque rompe con el consenso actual, donde estudios como Warner han defendido ventanas de al menos 45 días. Los 17 días no son una cifra casual: es el margen que Netflix ha utilizado en ocasiones con títulos seleccionados para la temporada de premios, o el que se adoptó de forma excepcional durante la pandemia. Convertirlo ahora en norma supondría un cambio de paradigma irreversible.

Y, sin embargo, encaja con la lógica interna de la compañía. Sarandos nunca ha ocultado su escepticismo hacia las salas, llegando a calificar los estrenos tradicionales como “una idea anticuada” y afirmando que el fenómeno Barbenheimer habría tenido el mismo impacto cultural si se hubiera estrenado directamente en streaming. Con esa visión al mando, el experimento Stranger Things deja de parecer un gesto de reconciliación y empieza a leerse como un aviso.

El problema es que, en esta partida, el cine no está jugando en igualdad de condiciones. Y cuando quien mueve las fichas cree que la historia del espectáculo puede reescribirse sin las salas, la pregunta ya no es qué va a pasar… sino cuántos estarán dispuestos a sobrevivir al cambio.





Comentarios

  1. Ojala me equivoque, pero esto va camino de la destrucción de las salas de cine.

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